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Colonia para chicos hipoacúsicos


Clarín, 24 de febrero de 2008, suplemento Educación.

Versión papel: aquí.
Fotos: Pilar Molina.

COLONIA DEL GOBIERNO PORTEÑO PARA CHICOS HIPOACÚSICOS

Recreo de verano en lengua de señas

Rubén A. Arribas

Verlo hablar es como tener a un mimo delante. Lo primero que impacta al sentarse a conversar con Martín Paradiso es la plasticidad, la coordinación y la velocidad de sus movimientos, incluso cuando gesticula con la cara. Su fluidez en lengua de señas es tal que Griselda Ciancio cada tanto le pide un respiro porque no da abasto para traducir. Y es que este docente sordo de 30 años aborda con un entusiasmo inagotable cualquier tema: desde cómo revolucionó Internet su vida a cuánto sufrimiento le ocasionó aprender a leer en los labios una palabra tan sencilla como ‘auto’.

Paradiso trabaja junto con otros 17 profesores —9 sordos y 8 oyentes— en la colonia para hipoacúsicos del Gobierno de la Ciudad que funciona en la escuela Osvaldo Magnasco. Bajo la supervisión de Griselda Ciancio, coordinadora de la colonia, este cuerpo docente mixto estuvo a cargo durante el verano de los 167 chicos de 4 a 20 años, dos de ellos con parálisis cerebral, que se inscribieron acá.

De entre los objetivos que se fijó la colonia, Paradiso pone el acento sobre todo en uno: servir como modelo de “adulto sordo” a los más jóvenes. Él sabe que su sola presencia y su trayectoria académica —profesor de lengua de señas, con estudios de didáctica y guía de excursiones en el zoológico— sirve como punto de referencia para unos chicos que viven en una comunidad donde resulta difícil proyectarse a futuro. De la misma opinión es Mariano Isa, recién egresado como profesor de Educación Física, y quien resume así la idea: “A nosotros, todo nos cuesta mucho. Por eso quiero transmitirle a los chicos que si yo pude, ellos pueden”.

La voz de este joven de 28 años no es perfecta, pero se entiende sin problemas. Él habla porque su familia prefirió la escuela oralista —lectura de labios— a la de lengua de señas, y lo llevaron al fonoaudiólogo desde los 4 a los 13 años. Eso sí, para entender necesita que le hablen en voz alta y articulando bien cada sonido. A diferencia del de Paradiso —que ni escucha ni habla—, el suyo sería el modelo del “sordo oyente”.

Ojo: la etiqueta pertenece a la propia comunidad. Como explica Ciancio, aunque Isa tiene un buen enganche con los pibes más pequeños, no hablar lengua de señas lo limita a la hora de manejarse con los más grandes. En este aspecto, según esta docente y “oyente bilingüe” con más de 20 años de experiencia, la comunidad sorda mantiene un criterio implacable: “Si hablás lengua de señas, te meten adentro y sos uno más; si no te dejan afuera”. Es decir: al margen de cualquier adelanto tecnológico para la audición, las señas actúan como el factor integrador y cohesionador fundamental.

De ahí la importancia de esta colonia como lugar de encuentro, por ejemplo, para Facundo Hidalgo (14). Facundo lleva un implante cloquear desde los 3 años en el nervio auditivo, lo que le permite hablar y escuchar casi perfectamente. Sin embargo, él se siente más cómodo dentro de la comunidad sorda que de la oyente, por lo que suele desconectar el implante —que sale unos 20 mil dólares— y manejarse con las manos cuando está acá. Así, explica, es como mejor se comunica y se siente entendido por los demás... Como se ve, este recreo veraniego y este colectivo esconden una gran complejidad educativa.

Por eso, actividades como jugar a la pelota, preparar obras de teatro o ir a la pileta significan algo más que diversión. Según explica Paradiso, como en general ni siquiera las familias hacen el esfuerzo de aprender el idioma —ese estatus tiene la lengua de señas para los sordos— que hablan sus hijos, este es un lugar donde normalizar el desarrollo intelectual y emocional de los chicos, y ayudarlos así a derribar toda clase de barreras. Unas tendrán la forma de la palabra ‘auto’, otras la de si es posible estudiar en la universidad, muchas la de cómo será la vida de uno cuando sea grande.


*

LA COMPAÑÍA DE LOS ABUELOS

Cuando llegan los pibes, los integrantes de El rincón de los abuelos los esperan con la mesa puesta, humo en la parrilla y una enorme montaña de hamburguesas, pan, lechuga y tomate. Ellos ceden gustosos el espacio y ayudan a la escuela a organizarlo todo, que se encarga de comprar la comida. La relación entre los chicos y estos abuelos es intensa. Según Jorge Decanini (71) —el presidente—, comparten mesa con asiduidad porque celebran juntos el día de la primavera, el del jubilado o las fechas patrias. Además de alegría, los chicos suelen llevarles dibujos conmemorativos, que los abuelos cuelgan orgullosos en las paredes de este rincón donde se reúnen a jugar a las cartas, charlar o comer con amigos. Ellos apenas saben alguna seña que otra para comunicase con los chicos, pero una la dominan muy bien: abrir los brazos para recibirlos como si fueran sus nietos.

Colonia para chicos ciegos

[ pedirle una foto a Pilar Molina ]

Clarín, 17 de febrero de 2008, suplemento Educación.

Versión papel: acá.

PROGRAMA RECREO DE EDUCACIÓN ESPECIAL
DEL MINISTERIO DE EDUCACIÓN PORTEÑO

Un día con los chicos que aprenden
el mundo que nunca podrán ver

Durante el ciclo lectivo, la escuela Santa Cecilia funciona como una primaria para chicos ciegos de 4 a 15 años. En verano e invierno abre como colonia gratuita.

Rubén A. Arribas

—Si venís a la colonia, ponete repelente. Si venís a la colonia, metete en la pileta. Si venís a la pileta, mojate la panza...
—No, no —corrige Franco—. La última no es así.

Franco está sentado en una típica silla de jardín de infancia, de esas que apenas levantan un palmo y medio del suelo. Con su manita izquierda de niño de diez años, agarra confiado la mano derecha del adulto que le habla. Al lado suyo, una profesora lo espera para ir a desayunar. Aunque él desconoce cómo es el mundo visible, en estas condiciones se siente seguro; o al menos eso da a entender su cara de bonachón.

—¿Y cómo es?

Le resulta extraña la voz: es la primera vez que la oye en la escuela Santa Cecilia, donde funciona la colonia de verano a la que asiste junto con 30 chicos más. Hasta hace un momento estuvo cantando con ellos.

—¿Quién sos? —pregunta.

En la continua oscuridad que le suministran sus ojos, escuchar un nombre y una profesión le sabe a poco; así que, confianzudo, palpa con la mano que tiene libre el lóbulo de la oreja y la cara que pertenecen a esa voz. “Tenés barba”, comenta. Con ternura desliza los dedos hacia arriba y hace que el adulto incline la cabeza para que él pueda explorarla. Ríe: “Sos pelado”. Por último, regresa hacia la barba y la oreja, donde se detiene porque nota algo duro.

—¿Qué tenés acá?
—Anteojos.

Asiente: el dato concuerda con la sensación táctil. Alza la cabeza y dirige sus ojitos entrecerrados hacia donde escucha la voz.

—Hablás raro... ¿De dónde sos?

Franco podría pasarse la mañana así, aprendiendo sobre ese mundo que no puede ver pero sí sentir. La profesora, que lo conoce, lo apura para que vaya a desayunar: un micro los espera para llevarlos a la pileta del Club Comunicaciones, y antes debe comer algo. Entonces desvela el error del periodista:

—No es ‘panza’. La última es “mojate las patas”.

Luego, le da la mano a la docente, camina y sube la rampa que separa el patio de juegos del pasillo por donde se va al comedor. Además de leche y alfajores, allá lo esperan otros ruidos, pieles, voces, texturas..., es decir, un nuevo bombardeo de sensaciones que deberá ordenar sin la ayuda de la vista. Para que la tarea le sea menos ardua, él y sus compañeros cuentan con 5 profesores y 6 auxiliares de docente que están pendientes de ellos desde las 10 a las 16 h.

Según Pablo Pereyra —coordinador de esta colonia del Gobierno de la Ciudad—, la mayoría de estos chicos no ven porque, o bien se lo impide un tumor en el quiasma óptico, o bien nacieron sin glándula de crecimiento o con problemas en el nervio de la visión debido a que las madres, por ejemplo, se drogaron durante el embarazo. Y, como las desgracias nunca vienen solas, a los pobres no les falta de nada: uno tiene retraso madurativo, al otro lo abandonaron, varios vienen de familias con dificultades económicas... Por suerte, gracias a la contención que reciben acá, conservan el sentido del humor y la vivacidad propios de la infancia.

—¿Vos sos el periodista, no? Hola, me llamo Bárbara, tengo 8 años, sé bailar y cantar. Quiero salir en el diario: me hace mucha ilusión. Antes hicimos un espectáculo con mis compañeros, y vine a verte por si lo podés contar.

El espectáculo al que se refiere Bárbara es la canción de bienvenida. Hoy ella fue la maestra de ceremonias, y disfrutó mucho presentando con el micrófono a todos los chicos, quienes cantaban aquello de “Si venís a la colonia...”. Mientras el periodista le promete que lo contará, ella agarra una de las manos de esa voz que oye por primera vez, y con la manita que le queda libre le palpa la pierna, le explora el brazo, le toca la ropa... Como Franco, antes de ir a la pileta a mojarse las patas, quiere llevarse entre el tacto y el oído todo eso que no ve.

*

"APRENDEN COMO CUALQUIER ALUMNO"

Lucas, Alan y Abril ejemplifican el espíritu integrador de la colonia. Lucas (4) es el hermano menor de Matías (6) y de Hernán (10). A diferencia de sus dos hermanos, él ve perfectamente; una situación parecida a la que viven Pilar (6) y Alan (6) con sus respectivos mellizos, Abril y Patri. Según Pablo Pereyra, “en la colonia, laburamos que los chicos que están cerca de los pibes con discapacidad se vengan y jueguen con sus hermanos, primos, etc.; para que así los entiendan mejor”. Y Lucas, Alan y Pilar tan contentos con la idea: acá hay toboganes, trepadora, juegos, excursiones a la pileta... Con un adulto cada tres chicos, ver o no ver deja de ser un criterio para dividir las actividades. “Estos pibes se dan los mismos golpes que cualquier otro a su edad. Aprenden como todos: reparando en el error y reforzando el acierto”, aclara Pereyra.


TODO EL AÑO

La escuela Santa Cecilia está en Senillosa 650, Buenos Aires. Durante el ciclo lectivo, funciona como un primario para chicos ciegos de 4 a 15 años. En las vacaciones de invierno y verano, abre como colonia —gratuita— bajo el programa Recreo de Educación Especial. Va de lunes a viernes, de 10 a 16 h. La matrícula está abierta todo el año. Teléfono: 4922 0459.

Club de Chicos de Saavedra

Clarín, 3 de febrero de 2008, suplemento Educación

Versión en papel: aquí.
Las fotografías las tomó Federico Hamilton.


CLUB DE CHICOS

Tiempo de recreo en las escuelas de los sábados

Durante el año lectivo, el programa se desarrolla en siete centros de la Ciudad.

Rubén A. Arribas

“1, 2, 3 y vuelta”. “Chicas, cuidado: se están juntando”. “Atrás, atrás”. “Parejas... ¡Ahora!”. A las damiselas del programa Club de Chicos que asisten los sábados por la mañana a la escuela Naciones Unidas, les gusta encontrarse para bailar. Este grupo —el de chicas entre 10 y 12 años— lo integran unas 20 jovencitas que deciden todo: la música, la coreografía y hasta el vestuario. Su profesora, Carla Kwasnik, sólo las dirige. Si sus alumnas le piden Shakira, les da Shakira. Si le piden High School Music, High School Music. Si le dicen que les lance un osito para el final de la coreografía de “El patito feo”, lo lanza. Como en el resto de actividades de esta escuela convertida en club los sábados de 10 a 13 h, los alumnos proponen y los profesores orientan, acompañan, juegan.

“Acá el chico elige en cada momento dónde está. Si está jugando al fútbol y se cansa, se va al taller de ajedrez o al de plástica, por ejemplo. La mayoría de las chicas vienen a la clase de danza; sin embargo, otras solo vienen para contarse sus cosas... Hoy el barrio no es como cuando nosotros éramos chicos. Ahora hay más inseguridad, menos zonas verdes, desaparecieron muchas instituciones vecinales. Por eso proponemos que la escuela funcione los sábados como un lugar de encuentro y de recreación”, explica Luis Sánchez Berazategui, coordinador del programa en este club- escuela del barrio de Saavedra.

Además de este centro —que los sábados se llama Zapatillas Revoltosas—, hay otros 5 adheridos al programa Club de Chicos (ver recuadro), auspiciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Esta iniciativa, que está dirigida a niños entre 6 y 12 años, surgió en 2005 para cubrir el hueco educativo-recreativo dejado por otro programa similar, Club de Jóvenes, en funcionamiento desde 1999 y destinado a mayores de 12. Con solo dos años de existencia, Club de Chicos cuenta ya con unos 500 asistentes semanales, mientras que su hermano mayor recibe a unos 3 mil y abrió 30 centros. Los números en sendos programas son buenos, sobre todo si se considera que los chicos asisten cuando y porque quieren.

La característica principal de ambas iniciativas es que cada club-escuela elabora su propuesta. “Trabajamos con un programa flexible que cada centro construye a partir de varios factores: la cantidad y la capacidad de los docentes, el espacio físico, la comunidad donde está y el perfil de los chicos. Y si bien partimos de ejes comunes en las áreas de trabajo —conformar grupos, usar el juego como motor, proponer actividades artístico-expresivas y fomentar el deporte—, las actividades que ofrece cada Club de Chicos varían con la demanda de cada comunidad”, aclara Sergio Canosa, coordinador regional de los dos programas.

En el caso de la comunidad del Zapatillas Revoltosas, por ejemplo, la oferta de actividades está enriquecida por la disponibilidad del parque Padre Mujica, que está justo en la puerta. Por allí corren en esta soleada mañana otoñal las bailarinas del grupo de 6 a 10 años, quienes juegan a la mancha mientras esperan a que las grandes acabe su clase con Carla Kwasnik. Con ellas juegan los hermanos Lautaro y Emiliano Carosela (6), quienes, en vez de esperar para ensayar la coreografía de “Casi Ángeles”, quieren irse a patear la pelota o a probar con el ajedrez. Aunque todo esto tendrá que esperar: son casi las 11 y media y la profesora que los cuida, Rosa Calero, les pide que regresen a la escuela: los espera la vianda.

En las aulas de Naciones Unidas, a los demás también les anuncian que llegó la hora de almorzar. “A lavarse las manos, ¡a comer!”, grita Guillermo Telch, el profesor de ajedrez. Algunos dejan entonces en el corcho de la clase el dibujo que estaban pintando; sin embargo, otros agarran un tablero y se ponen a jugar. Telch supervisa quiénes salieron a comer y después, al que mueve negras, le explica una jugada con la torre... Por lo que se ve, acá ni siquiera es obligatorio ir por la vianda. Si uno quiere comer, come. Y si quiere jugar, juega. Queda claro entonces por qué los chicos dicen que este es un buen programa de sábado.

*

No hay lugar como la escuela
“El adulto es imprescindible para los chicos. Para que haya educación, es necesaria una relación asimétrica entre un adulto y un chico o joven. No son amigos, no son hermanos... Es decir: existe una relación que implica responsabilidades diferenciales: el adulto debe orientar, cuidar, contener, proteger... Esa función es deseable que la cumplan todos —padres, tíos, abuelos, escuela, Estado—; sin embargo, la realidad socioeconómica en determinados barrios ofrece desocupación crónica, chicos que ingresan prematuramente al trabajo informal o que asumen responsabilidades como cuidar a sus hermanos menores. En esos entornos, la escolarización tiene otro valor y la deserción escolar, sobre todo en la secundaria, es alta. Nuestros dos programas intentan recuperar espacios que se han perdido en los barrios, preservar el carácter juvenil de los chicos y ayudar a que los pibes construyan su proyecto vida, que asuman su realidad social como un punto de partida, y no como una fatalidad. Para nosotros, con sus ventajas y sus inconvenientes, la escuela es el mejor lugar donde ellos pueden estar”. Sergio Canosa, Coordinador Regional de Club de Chicos y Club de Jóvenes.


Dónde funcionan
Los 6 centros de Club de Chicos —de 6 a 12 años— adheridos a este programa del Gobierno de la Ciudad son los siguientes:
  • Caballito. Escuela José Ignacio Gorriti, en Nicasio Oroño 1431.
  • Floresta. Escuela Ernesto Alejandro Bavio, en Bahía Blanca 1551.
  • Saavedra. Escuela Naciones Unidas, en Rogelio Yrurtia 5806.
  • La Boca. Escuela Juana María Gutiérrez, en Rocha 1226.
  • Bajo Flores. Escuela Carlos Geniso, en Agustín de Vedia 2519
  • Saavedra. Escuela República de Turquía, en Ruiz Huidobro 3853.
Todas funcionan de 10 a 13 h, salvo Bajo Flores, que abre de 12.30 a 16 h, y la Escuela República de Turquía, que va de 12.30 a 17.00 h. Las actividades son gratuitas y la comida está incluida.


Cine en las escuelas medias del sur de la ciudad

Clarín, 11 de noviembre de 2007, suplemento Educación

Nota en papel: acá.


CINE EN LAS ESCUELAS MEDIAS DEL SUR DE LA CIUDAD

La Universidad del Cine se mete en las escuelas secundarias

El Programa funciona en cuatro secundarias de Lugano y Mataderos. Unos 160 adolescentes filman ocho cortometrajes con el apoyo y los equipos de la Universidad del Cine.

Rubén A. Arribas

“No cualquiera te da así una mano, viene un día a la escuela en un barrio como este y te dice: ‘¿Tenés una idea? Vení, que la filmamos. Yo te enseño de cine, te pongo los equipos y vos aprendés a hacer un corto’”. Alejandro Arévalo (17) vive en el barrio porteño de Piedrabuena, a dos cuadras de la General Paz y a una de la fábrica de la Pirelli. Además de cursar tercero en la EMEM 1 de 20, participa como asistente de dirección en el cortometraje que rueda junto con otros 12 compañeros para el proyecto “Cine en las escuelas medias del sur de la ciudad”. En ausencia del director de la película, él lo supervisa todo: encuadres, iluminación o relaciones con la prensa.

Al lado suyo está Aixa Sirera (17), una de las actrices. El curso pasado y el anterior, ella dirigió los cortos que filmaron en esta escuela; de hecho, Alejandro fue uno de sus actores. Este año Aixa prefirió cambiar de registro y probar con la actuación. De momento está contenta: “Los otros años rodamos situaciones muy reales del barrio: pobreza, drogas, embarazos adolescentes,... Lo que está bueno de Emiliano y Alejandro es que se corrieron de ahí y se fueron para el lado de la imaginación”, comenta.

Emiliano es Emiliano Sagradini (17), el director. A eso de las 5 y media anduvo por la escuela para supervisar los preparativos del equipo de rodaje: este lunes había práctica de filmación hasta las 21 h. Quería filmar, pero no pudo; le debía el análisis de una obra a la profesora de Teatro, por lo que sólo se quedó un ratito. Aprobar esa materia para la escuela y rodar tranquilo “su película” —así se refiere a ella—, dependía de viajar esa tarde sí o sí casi una hora en colectivo hasta Corrientes y aguantar el diluvio que lo esperaba a la noche cuando regresara. Entre unas cosas y otras, además de cine, está aprendiendo cuán sacrificado resulta combinar estudios y arte.

Porque a Emiliano con la escuela le sucede lo que a cualquier adolescente: le cuesta. Y no es porque le falte capacidad intelectual o de trabajo; en las primeras 4 semanas, cuenta, ya reescribió 5 ó 6 veces el guión. Aunque él dirige, quiere que las 14 escenas que planificó para los 8 minutos de película reflejen las ideas del grupo, y que así todos sientan como propia la historia que él y Alejandro propusieron, la de un chico que invoca a los espíritus a través del juego de la copa. ¿De dónde sale tanta motivación? “Es que yo acá vuelo; todo es imaginación mía”.

Marcos Sacchetti sonríe cuando escucha esto último. Desde hace 7 años coordina este proyecto adscrito al programa Zonas de Acción Prioritaria de la Secretaría de Educación del GCBA y, aunque trabaja en la tele y en la Universidad del Cine (UC), brindar una oportunidad a chicos como Alejandro, Aixa o Emiliano ocupa un lugar central en su agenda: “Este proyecto es el ancla de mi vida”, asegura. Y debe de ser cierto, porque en 2007 coordina ya a 160 adolescentes y 12 profesores que ruedan 8 cortometrajes en 4 escuelas de Villa Lugano y Mataderos. Por cierto, números más que satisfactorios para un emprendimiento que requiere equipos muy caros y docentes especializados.

De ahí que el aporte de la UC —que proporciona desde el soporte técnico hasta becas del 100 por cien para acceder después a la universidad— resulte imprescindible en esta sinergia entre escuela y Estado. Asimismo, y como garantía de que ese apoyo continuará, figura Manuel Antín, el rector de la UC. Este reconocido cineasta, según Sachetti, suele recordarles a los docentes que “esta experiencia, además de cambiarle la vida a los chicos, enriquece la mirada de quienes trabajan con ellos”. Es decir, que no sólo de Godard o Cassavetes aprenden quienes se dedican al séptimo arte.

*

HISTORIAS

En la Escuela Comercial 12 de 21, escribir un guión y rodar un corto puntúa para la materia de Lengua. La profesora, Sandra Pérez, trabaja con dos docentes de la Universidad del Cine, Emiliano Iglesia y Sebastián Mega, quienes dictan clase en esta escuela de Lugano una vez a la semana. Este lunes, por ejemplo, de 20.30 h a 22 h debaten la sinopsis que prepararon los alumnos para el corto que rodarán entre todos. Iglesia y Mega se dirigen a la audiencia, en su mayoría adolescente —más alguna madre de familia—, con propiedad cinematográfica: ‘escena’, ‘elección estética’ o ‘historias paralelas’ son conceptos que sobrevuelan la charla. Según Sandra Pérez, el alcance de estas clases excede el acercamiento a la lengua a través del relato audiovisual: “En el barrio estamos rodeados por la sensación de fracaso; todo es muy difícil acá: encontrar trabajo, tener una casa, acceder a la cultura... Que algo como un corto salga bien, es muy importante”. Y añade: “Este programa genera sueños que se cumplen; los chicos ven sus películas en pantalla grande en el cine del barrio”.




Programa de radio Hora Libre


Clarín, 12 de agosto de 2007, suplemento Educación

Versión papel: aquí.


PROGRAMA HORA LIBRE DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

A punto de terminar el secundario,
casi expertos conductores de radio

Esta formación integra el plan de estudio de los bachilleratos con orientación en Comunicación Social.

Rubén A. Arribas

Son las 12:57 h del domingo, y en Radio La Porteña apenas faltan 3 minutos para que termine Hora Libre y comiencen las noticias de la una. En el aire está el escritor Maximiliano González Jewkes, quien contesta por teléfono las preguntas sobre boxeo y literatura que le formula en directo Laura Rombolá, alumna de la escuela Rumania, del barrio Villa Real. Según lo acordado con sus cinco compañeras de equipo, suya es la responsabilidad de cerrar este último bloque. Sin embargo, el minutero avanza y Laura no encuentra el momento de interrumpir al entrevistado. Frente a ella, Christian Gauna, docente y conductor del programa, mira el reloj del estudio, alza su mano derecha a media altura y le hace una señal para que corte ya, ya.

Laura asiente, comprueba la hora, se pone colorada. Eva González, su profesora en 5º curso del Bachiller con orientación en Comunicación Social, la mira y, como Gauna, corta el aire con la mano varias veces. La adolescente se aprieta los auriculares y pone cara, como luego explicará, de “¡Era el primer entrevistado de mi vida! ¡¿Cómo lo iba a cortar?!”. De repente Jewkes da por respondida la pregunta y se queda en silencio. Todos clavan los ojos en Laura, y ella cumple con lo ensayado en el precario estudio de grabación de la escuela: le agradece al entrevistado por estar en el aire y le pasa la posta al conductor. Son las 12.58 h.

Ahora la presión es para Gauna, pero él es un locutor experimentado y sabe cómo usar esos dos minutos. Recuerda que Hora Libre es un programa de las escuelas medias en colaboración con el Gobierno de la Ciudad, pide a las alumnas que se despidan de la audiencia y emplaza a los oyentes a que el próximo domingo de 12 a 13 h sintonicen de nuevo AM 1110, donde lo acompañarán estudiantes de la Tomás Espora, del barrio de Liniers. Tras una brevísima cortina, anuncia, llegarán las noticias. Impecable: le sobró un minuto.

Las chicas respiran aliviadas. En esta última hora, además de trabajar casi al ritmo de los profesionales, rendían una prueba puntuable para la materia Taller de Radio. En clase habían elegido el boxeo como tema para el programa y semana tras semana planificaron y prepararon los contenidos. Así, grabadora en mano, entrevistaron a Josué Meléndez (16), un compañero suyo que boxea, y a su entrenador. Después leyeron “Torito”, el cuento que Cortázar le dedicó al boxeador de Mataderos Justo Suárez, y por una pista dejaron la voz del cronopio Julio y por la otra grabaron la de ellas. Luego, en el estudio de La Porteña, Christian Gauna las ayudó a presentar los bloques, sincronizó los tiempos y charló con ellas a micrófono abierto sobre cómo habían elaborado el programa. Por último, como tuvieron complicaciones con el material que habían grabado con Jewkes, se animaron a conversar con él en directo. En total, tres semanas de trabajo hasta poder disfrutar de esta primera hora de radio de su vida.

Bueno, de trabajo y de muchos nervios. Por eso cuando da la una, Laura Rombolá (17), Karen Lucero (18), Jacqueline González (17), Melina Menafra (17), Aldana Rigueras (17) y Fiorela del Mazo (18) quieren chillar; sin embargo, Gauna sigue enseñándoles radio: les señala a los dos locutores preparados para dar las noticias. Las chicas asienten, se ponen las camperas, salen sin hacer ruido al pasillo del 8º piso del Centro Cultural General San Martín y ahí sí, ahí se abrazan, gritan, comentan las incidencias y hasta se hacen fotos con el equipo docente. Ninguna había pensado ser locutora de radio, explican, porque quisieran cursar Cine, Publicidad o Psicología. Sin embargo, hoy se divirtieron tanto que la semana que viene repetirían. ¿Madrugar de nuevo un domingo? “Es que estuvo bueno cuando recibimos los mensajes: sentías que la gente te estaba escuchando”, dice Karen, que había dormido apenas hora y media porque ayer tuvo un cumpleaños de quince. No se les puede pedir más honestidad a estas chicas: en clase o a través de las ondas, lo único que piden para engancharse con la escuela es que las escuchen.

*

ELIGEN LOS TEMAS Y LOS PRODUCEN

“Intentamos que los chicos digan todo lo que tienen que decir, pero con respeto. Son ellos quienes eligen los temas. En la escuela Rodolfo Walsh, por ejemplo, investigaron quién fue Walsh, en una de Villa Soldati están con la historia del Club Sacachispa y la semana pasada el programa fue sobre el aborto”. Además de docente, Mariano Molina es el coordinador de Hora Libre, un espacio radial del Gobierno de la Ciudad que usan 12 escuelas medias que imparten Bachiller con orientación en Comunicación Social y 8 escuelas de reingreso.

Este es el segundo año del proyecto, y tiene tan buena recepción que Molina y su equipo pusieron también en marcha la REC (Red Escuelas Comunitarias), una agencia de noticias escolar. Ambos proyectos apuntan hacia lo mismo: “Que quienes salgan de este bachillerato sepan leer y escribir, sean capaces de hacer la producción de una radio barrial y puedan armar un periódico comunitario”. De momento, según Melina Menafra, hoy las alumnas de la escuela Rumania sacaron esta conclusión tras el programa: “Aprendimos a remarla”.


TAMBIÉN POR INTERNET

Hora Libre se emite por La Porteña, AM 1110, domingos de 12 a 13 h. También se puede escuchar en www.radiodelaciudad.gov.ar. Contacto: 5371-4600 y horalibre@buenosaires.gov.ar.


Orquesta infantil de Mataderos


Clarín, 5 de agosto de 2007, suplemento Educación

La nota en Clarín.com: aquí.
Versión papel: acá.

EL PROGRAMA FUE FUNDADO EN LA CIUDAD EN 1998

Orquestas infantiles con historia

Rubén A. Arribas

Melina D’Angelo deja sobre el pupitre el violín para explicar cómo ensaya en casa. Detrás el profesor Alejandro Thau le enseña a los otros 7 alumnos el modo correcto de erguir la espalda y cómo elevar el codo para sacar un sonido dulce con el arco. Salvo Aiel Bobanach (5), todos cursan 3er ó 4º grado y, año más, año menos, tienen la edad de su compañera: 9. Según Melina, entresemana cuando llega de las clases de primaria come y toca un rato.

—Ponés la mano izquierda así —dice mientras levanta el brazo y alza la palma izquierda casi a la altura de los anteojos—. Después agarrás un lápiz con la otra.
—¿Y luego?
—Tocás —dice deslizando su desnuda mano derecha a la altura de su no menos desnudo brazo izquierdo.
—¿Y el violín?
—Y el violín te lo imaginás.

Melina hace tres semanas que ha descubierto cuánto le entusiasma aprender música. Como para la mayoría de sus 40 compañeros inscriptos en la Orquesta Infantil de Mataderos, este es su primer contacto con chelos, clarinetes, flautas traversas y violines. Por ahora los instrumentos se quedan en la escuela Roma, sede de la orquesta, pero cuando esta se asiente del todo los chicos podrán llevárselos prestados incluso en vacaciones. Mientras tanto, para reafirmar lo aprendido los sábados en los ensayos generales y los martes y jueves en las clases de instrumento, Melina y compañía deben recurrir a la única riqueza que está bien redistribuida: la imaginación.

Imaginación y visión de largo plazo es lo que demostraron en 1998 Claudio Espector y Beatriz Fuchs, los fundadores del programa Orquestas Infantiles y Juveniles, que auspicia el Gobierno de la Ciudad. Ahora como entonces el objetivo continúa inalterable: “Romper con la estigmatización social de que los chicos que viven en barrios marginales no tienen capacidad para aprender”, explican. Con la puesta en marcha el 9 de junio de la orquesta de Mataderos, son ya 6 —Retiro, Bajo Flores, Soldati y dos en Lugano— las que funcionan y más de 350 los alumnos entre 6 y 18 años los que asisten. En este tiempo algunos chicos que comenzaron con el proyecto integran ahora la Orquesta Académica del Teatro Colón o han ingresado al conservatorio para cursar la carrera de Música.

“Esto demuestra que el Estado, además de satisfacer las necesidades de la población, debe pensar y ofertar políticas educativas. ¿A quién se le ocurriría si no pedir una orquesta sinfónica infantil?” El matiz que introducen Espector y Fuchs en su reflexión apunta a que esta propuesta pedagógica persigue más la integración social y la igualdad de oportunidades educativas que el entretenimiento o la formación de músicos de elite. Por ejemplo, los sábados cuando la orquesta se reúne de 14.30 h a 18.00 h, importa tanto que los alumnos merienden como que entiendan que “las cuerdas escuchan cuando las flautas y los clarinetes hacen la melodía”, tal y como les pide Facundo Ordóñez a los 21 instrumentistas de su clase de Orquesta. A cambio, los chicos dan mucho, sobre todo a los 6 docentes que trabajan con ellos.

“Yo aprendo mientras les enseño: enseguida captan mis inseguridades, y eso me obliga a revisar constantemente lo que sé”, asegura Ana de Marchi, profesora de chelo y en el proyecto desde 1998. Algo con lo que acuerda, Guadalupe Dozo, quien estudió flauta traversa 7 años en Buenos Aires y 3 en París, y quien señala que estos chicos necesitan lo mismo que ella tuvo: “Buenos maestros que se tomen el tiempo para enseñarlos”. La fórmula funciona y contagia ilusión. Es más: si la propia Melina D’Angelo persevera con su violín imaginario en casa y continúa con la orquesta, en unos años podrá contar que estos fueron sus inicios. Y como ella, el resto de sus compañeros.

*

POTENCIALIDAD

“Desde el arte, este proyecto logra que los chicos se sientan seres con subjetividad y seres dignos”, sostiene Leonor Machado, directora desde 1994 de la escuela Roma, situada en Cosquín y Montes. “Estos niños tienen unas potencialidades impresionantes. Depende de nosotros, los docentes, sacar resultados”, evalúa Machado desde sus 65 años y su experiencia con la población escolar de Ciudad Oculta y de Los Perales. Según ella, está tan “feliz de que la orquesta esté acá”, que quiere que participe en los actos del día del patrón, el 29 de agosto.

“Tenemos que mostrarle a la comunidad qué puede perderse si no se involucra y cuida la orquesta”, dice. Y juzga así el binomio educación y música: “En esta escuela queremos formar personas que enfrenten los peligros de la villa —el paco, la violencia, la prostitución y la delincuencia— y que sepan decidir lo mejor para ellos. La orquesta les da a nuestros chicos mayor capacidad para expresarse y para elegir libremente”.