Clarín, 24 de febrero de 2008, suplemento Educación.
Versión papel: aquí.
Fotos: Pilar Molina.
COLONIA DEL GOBIERNO PORTEÑO PARA CHICOS HIPOACÚSICOS
Recreo de verano en lengua de señas
Rubén A. Arribas
Verlo hablar es como tener a un mimo delante. Lo primero que impacta al sentarse a conversar con Martín Paradiso es la plasticidad, la coordinación y la velocidad de sus movimientos, incluso cuando gesticula con la cara. Su fluidez en lengua de señas es tal que Griselda Ciancio cada tanto le pide un respiro porque no da abasto para traducir. Y es que este docente sordo de 30 años aborda con un entusiasmo inagotable cualquier tema: desde cómo revolucionó Internet su vida a cuánto sufrimiento le ocasionó aprender a leer en los labios una palabra tan sencilla como ‘auto’.
Paradiso trabaja junto con otros 17 profesores —9 sordos y 8 oyentes— en la colonia para hipoacúsicos del Gobierno de la Ciudad que funciona en la escuela Osvaldo Magnasco. Bajo la supervisión de Griselda Ciancio, coordinadora de la colonia, este cuerpo docente mixto estuvo a cargo durante el verano de los 167 chicos de 4 a 20 años, dos de ellos con parálisis cerebral, que se inscribieron acá.
De entre los objetivos que se fijó la colonia, Paradiso pone el acento sobre todo en uno: servir como modelo de “adulto sordo” a los más jóvenes. Él sabe que su sola presencia y su trayectoria académica —profesor de lengua de señas, con estudios de didáctica y guía de excursiones en el zoológico— sirve como punto de referencia para unos chicos que viven en una comunidad donde resulta difícil proyectarse a futuro. De la misma opinión es Mariano Isa, recién egresado como profesor de Educación Física, y quien resume así la idea: “A nosotros, todo nos cuesta mucho. Por eso quiero transmitirle a los chicos que si yo pude, ellos pueden”.
La voz de este joven de 28 años no es perfecta, pero se entiende sin problemas. Él habla porque su familia prefirió la escuela oralista —lectura de labios— a la de lengua de señas, y lo llevaron al fonoaudiólogo desde los 4 a los 13 años. Eso sí, para entender necesita que le hablen en voz alta y articulando bien cada sonido. A diferencia del de Paradiso —que ni escucha ni habla—, el suyo sería el modelo del “sordo oyente”.
Ojo: la etiqueta pertenece a la propia comunidad. Como explica Ciancio, aunque Isa tiene un buen enganche con los pibes más pequeños, no hablar lengua de señas lo limita a la hora de manejarse con los más grandes. En este aspecto, según esta docente y “oyente bilingüe” con más de 20 años de experiencia, la comunidad sorda mantiene un criterio implacable: “Si hablás lengua de señas, te meten adentro y sos uno más; si no te dejan afuera”. Es decir: al margen de cualquier adelanto tecnológico para la audición, las señas actúan como el factor integrador y cohesionador fundamental.
De ahí la importancia de esta colonia como lugar de encuentro, por ejemplo, para Facundo Hidalgo (14). Facundo lleva un implante cloquear desde los 3 años en el nervio auditivo, lo que le permite hablar y escuchar casi perfectamente. Sin embargo, él se siente más cómodo dentro de la comunidad sorda que de la oyente, por lo que suele desconectar el implante —que sale unos 20 mil dólares— y manejarse con las manos cuando está acá. Así, explica, es como mejor se comunica y se siente entendido por los demás... Como se ve, este recreo veraniego y este colectivo esconden una gran complejidad educativa.
Por eso, actividades como jugar a la pelota, preparar obras de teatro o ir a la pileta significan algo más que diversión. Según explica Paradiso, como en general ni siquiera las familias hacen el esfuerzo de aprender el idioma —ese estatus tiene la lengua de señas para los sordos— que hablan sus hijos, este es un lugar donde normalizar el desarrollo intelectual y emocional de los chicos, y ayudarlos así a derribar toda clase de barreras. Unas tendrán la forma de la palabra ‘auto’, otras la de si es posible estudiar en la universidad, muchas la de cómo será la vida de uno cuando sea grande.
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LA COMPAÑÍA DE LOS ABUELOS





