Mostrando entradas con la etiqueta clarín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clarín. Mostrar todas las entradas

Ana Sutton, terapeuta de juego

Clarín, 30 de marzo de 2008, suplemento Educación

Ana Sutton

ENTREVISTA CON ANA SUTTON, TERAPEUTA DE JUEGO

“Las palabras de los más chicos son los juguetes”

La psicóloga argentina propone estimular de manera lúdica la capacidad de aprendizaje de los alumnos. Aconseja que los juguetes sean ‘terapéuticos’, es decir, que sirvan para expresar emociones y sentimientos.

Rubén A. Arribas


A muchos niños, la infancia les depara un “juego” que los asusta y que suele pasarles factura a partir de la adolescencia: ser adultos prematuros. Son esos chicos de 6, 7, 8 años que intentan proteger a su hermano de 3 porque papá está borracho. O que asumen la responsabilidad de cuidarlo porque su familia es pobre y los padres están fuera de casa todo el día. También son esos niños que sufren maltrato psicológico o físico. La casuística de infancias difíciles es amplia y dolorosa, como las secuelas que estas dejan.

Ansiedad, fobia, carácter hipervigilante, agresividad... Estos chicos padecen dolencias psíquicas que minan su salud y que lastran su potencial. El mal comportamiento, las malas notas o la dificultad para relacionarse con otros compañeros en la escuela suelen ser indicios habituales para detectarlas. Si no se trabaja sobre ellas, los niños crecen con menos herramientas para resolver problemas y madurar sus sentimientos. Visto en perspectiva —y sobre todo en los casos extremos—, durante su adolescencia o juventud pueden llegar a ahogarse en un vaso de agua y decidir autodestruirse de algún modo.

Por esa razón, los terapeutas de juego ponen el acento en estimular de manera lúdica la capacidad de aprendizaje de estos chicos. “Los juguetes son las palabras del niño”, explica la psicóloga argentina Ana Sutton, experta en esta disciplina y que reside en EE. UU. desde hace 40 años. Y enseguida matiza: “Eso sí, deben ser terapéuticos, es decir, deben servir para expresar emociones y sentimientos”. La acotación tiene su importancia.

“La muñeca Barbie no es un juguete terapéutico: es una mujer adulta, tiene novio, auto, estudia una carrera... Sobre todo para la población con que trabajo, chicos homeless —sin un verdadero modelo de padre porque muchos tienen que cuidar de sus hermanitos—, Barbie les transmite un mensaje conflictivo: el niño debe proteger al adulto... Cuando es al revés: el niño es quien debe sentirse protegido”, aclara la fundadora de Nana’s Children, una organización sin fines de lucro que este año atenderá a unos 600 chicos repartidos en 40 escuelas de Phoenix.

Y continúa: “Un juguete terapéutico puede ser un carro de bomberos, una valija o una cocinita, siempre y cuando los chicos puedan usarlos como se les ocurra”. Es decir, que si ellos dicen que un auto vuela y usa bananas como nafta, ni se discute. De hecho, la única regla que gobierna el cuarto de juegos —así se llama al lugar ordenado, limpio y repleto de juguetes que comparten terapeuta y niño— es esta: “Usá cualquier juguete de acá como quieras, pero sin lastimarte vos y sin golpearme a mí”. Y enfatiza Sutton: “Si el niño quiere romper un juguete, que lo rompa: jugar es su idioma, y los juguetes son sus palabras; algo querrá expresar con eso”.

La insistencia en hermanar ‘palabras’ y ‘juguetes’ no es gratuita. Los adultos conceden mucha importancia a verbalizar los sentimientos; sin embargo, los chicos no dominan el lenguaje y su manera natural de contar qué les pasa es jugando, no hablando. De ahí que esta terapia proponga entrenar a psicólogos y a trabajadores sociales para que aprendan el idioma de los niños. “Si el chico dice ‘Quiero que seas una princesa’, el terapeuta debe contestar ‘¿Y cómo hago de princesa?’. El concepto de princesa, policía o bombero del chico es distinto al del adulto, y ese es el que hay que descubrir”, reitera.

Por tanto, la terapia de juego no busca la descarga, sino habilitar un espacio para que los chicos se desarrollen en igualdad de condiciones intelectuales y emocionales que sus pares. “Jugar no es lo opuesto a trabajar. Tampoco un premio que se le da al niño cuando hace algo bien. Jugar es una necesidad biológica; los chicos aprenden mientras juegan, y ese es su trabajo”, sostiene Sutton. Y sentencia: “Por eso, un chico que no puede jugar no es un chico normal”.

*

Seminario en Buenos Aires

A mediados de marzo, Ana Sutton impartió en Buenos Aires, invitada por la Fundación Procesos para Estudio e Investigación del Aprendizaje (FUNDPEIA), un entrenamiento de 3 días para personas interesadas en la terapia de juego. Con su apoyo y el de la Asociación Norteamericana de Terapia de Juego, FUNDPEIA intenta implementar en la Argentina un modelo parecido al de Nana’s Children, la organización sin fines de lucro creada por Ana Sutton en 2001. Más información: www.nanaschildren.org y www.fundpeia.com.ar.

*

El juego en la población en riesgo

“No tienen hogar, sino que viven en albergues, moteles o carecen de una residencia nocturna permanente”, aclara Ana Sutton refiriéndose a los homeless, la población de niños con la que más trabaja. Si bien los homeless estadounidenses no equivalen a los chicos de las villas argentinas, las situaciones de ambas poblaciones tienen puntos en común.

Unos y otros están, por ejemplo, presos del círculo vicioso de la pobreza. Según Sutton, “los padres de los homeless viven día a día buscando dónde dormir, cómo conseguir ayuda del gobierno o algo para comer. Muchos de ellos ven la educación de sus hijos como algo poco necesario, más como una guardería que como un lugar donde aprender”. Y agrega: “Estos chicos registran altos niveles de ansiedad y depresión, y no pueden concentrarse en aprender”.

Asimismo, estos niños suelen dedicar más tiempo a asumir responsabilidades de adultos que a jugar, lo que les impide desarrollar mecanismos de aprendizaje. Tanto es así que esta reconocida experta internacional parte de la siguiente premisa: “El niño que no tiene hogar no sabe jugar y no tiene apego, es decir, tarda más tiempo en establecer una relación de confianza con su terapeuta”. Tras un estudio de 2 años, su fundación concluyó que la estabilización emocional a través de la terapia de juego y la mejoría académica se produce en los homeless a partir de la sesión 14ª, mientras que en los demás se produce antes de la 10ª.

Para esta discípula del doctor Charles E. Schaefer, “el primer paso es enrolar a todos estos chicos en la escuela; la terapia de juego es aplicable siempre y cuando estén escolarizados”. Después viene el armado de una infraestructura donde Gobierno, ministerio de Educación, universidades y otros actores sociales se ocupen desde el transporte de los niños hasta el entrenamiento de los terapeutas o, por ejemplo, de dotar a las escuelas de cuartos de juegos.


Nota en papel: aquí.

Escuelas técnicas en empresas

Clarín, 9 de marzo de 2008, suplemento Educación.

 
Versión papel: 1ª página por aquí, 2ª por acá.


TENDENCIA QUE ARRANCÓ A MEDIADOS DEL SIGLO XX

Apuntes de un hito de la educación que nació en las escuelas-fábrica

La primera empresa que fundó su escuela en el país fue Philips. Le siguieron Siemens, Mercedes Benz, Renault y Ford. En pleno auge industrial, en la década del 50, fueron creadas para formar la mano de obra especializada que el país no tenía.

Rubén A. Arribas

A mediados del siglo XX, la Argentina intentaba que su economía consistiera en algo más que exportar vacas y cereales. El crack bursátil de 1929 y la Segunda Guerra Mundial pusieron en crisis el hasta entonces exitoso modelo agroexportador y obligaron al país a pensar cómo depender menos de sus importaciones de maquinaria, herramientas y productos terminados. Fue por esa época cuando Ford, Philips, Mercedes Benz o Siemens vieron en aquel “granero del mundo” un mercado estratégico para su industria y decidieron invertir en él.

Así, en 1940 Philips se instaló en lo que hoy se conoce como Panamericana y Avenida General Paz. Quince años más tarde, Mercedes Benz abría su primera fábrica de vehículos fuera de Alemania, y lo hacía en González Catán (Buenos Aires) después de tener en funcionamiento una planta de montaje en San Martín. También en 1955, Industrias Kaiser Argentina —futura Renault veinte años más tarde— colocaba la primera piedra de su fábrica en Santa Isabel (Córdoba). Y Ford hacía lo propio en 1960 en General Pacheco (Buenos Aires), aunque ya ensamblaba coches desde 1922 en su planta de La Boca. Tanta agitación podía llamarse con propiedad efervescencia industrializadora.

Con tanta empresa nueva, pero sin apenas tradición fabril en el país, enseguida saltó una alarma: faltaba mano de obra especializada (fresadores, torneros, electricistas, matriceros, etcétera). Baste un dato para entender la dimensión del problema: en la fábrica de Philips, por ejemplo, trabajaban 4 mil personas en 3 turnos. En ese contexto, explica Gustavo Peltzer, del Instituto Nacional de Educación Técnica (INET), el gobierno peronista aprobó la Ley 16.450, “que desgravaba a estas empresas entre un 0,1 y un 0,2 por ciento de la masa salarial a cambio de que abriesen escuelas para formar los técnicos que necesitaba el país”. Esa fue la gran palanca que activó el desarrollo educativo técnico.

Philips comenzó con su escuela en 1952. Cuatro años más tarde, Siemens empezó con la suya. Mercedes Benz y la futura Renault hacían en 1962 lo propio. Y Ford se sumaba a esta fiebre formativa en 1965. En general, estas escuelas impartían un ciclo básico de 3 años con el que formaban mecánicos y eléctricos; luego, si algún alumno quería completar los estudios, cursaba un año más en una escuela industrial y se recibía como técnico en la especialidad que eligiese. Después las empresas incorporaban a los egresados a su plantel.

Aquello era ideal, según el coordinador del Programa de Educación Técnica del INET: “Los alumnos hacían prácticas en la cadena de producción; de ahí que se formasen muy buenos técnicos: estudiaban en el lugar donde trabajaban y accedían a la mejor tecnología de la época, algo que hoy no podemos ofrecerles en la escuela”.

Pero la alegría no duró mucho. Los gobiernos militares de las décadas del 60 y del 70 acuñaron el concepto “defensa nacional” y orientaron el desarrollo hacia la fabricación de armamento. Con ello, el tejido industrial comenzó a deshilacharse y la educación técnica empezó a perder fuelle. Cuando Philips decidió prescindir de su escuela en 1971 y cederla al ámbito privado, empezó a verse que algo había dejado de funcionar.

Y es que la coyuntura económica no acompañó. A la política de “defensa nacional”, le siguió el gobierno de Alfonsín, que derogó la ley de exención fiscal. Luego vino la hiperinflación. Más tarde el neoliberalismo privatizador y desindustrializador de Menem, la Ley de Educación Federal —que golpeó duro a la educación técnica— y la decisión de algunas multinacionales de mudar sus plantas a Brasil para abaratar costes. Por último, llegó la crisis de 2002... Con tanto vaivén económico, las empresas vieron sus escuelas más como un gasto que como una inversión y se deshicieron de ellas.

Por ejemplo, Renault la transfirió en 1991 a la fundación homónima, que la gestiona desde entonces. Siemens cedió la suya en 2004 a la UTN Regional Haedo. Y Mercedes Benz cerró su escuela durante la última crisis y la reabrió en 2005, pero administrada ya por la Fundación Fangio. Aunque la filosofía ha cambiado sustancialmente —las empresas ya no pagan los sueldos de los docentes, las apoyan más bien desde la responsabilidad social corporativa y no existe relación vinculante para luego trabajar en la empresa—, de estas escuelas siguen egresando técnicos. Cada institución tiene su plan de estudios, pero casi todas ofrecen un polimodal en Producción de Bienes y Servicios más un trayecto en Equipos e Instalaciones Electromecánicas.

Ya no es como antes, sí; pero al menos las escuelas están abiertas. En los últimos 25 años muchas otras cerraron: “La escuela de SEGBA, la Escuela Técnica de Capacitación Ferroviaria o la de Entel, por ejemplo”, enumera Peltzer. Por suerte, algunas aguantaron el tirón y, aunque con cambios, sobreviven todavía al lado de sus respectivas empresas. Ese es el caso, según el coordinador del Programa de Educación Técnica del INET, de “la Escuela Henry Ford, en General Pacheco; la de Ingenios Ledesma, en Jujuy, y el Agrotécnico Víctor Navajas del Grupo Las Marías, en Corrientes”. No es mucho para soñar, pero es lo que hay.

*

UN MODELO DE FORMACIÓN ÚNICO EN EL MUNDO

El espíritu de la Escuela Técnica Henry Ford puede verse en el perfil de quien la dirige, Fernando González Selmi: ex alumno, ex profesor de la escuela y ex ingeniero de planta. También en la manera en que este llegó al puesto: una búsqueda interna de la empresa en 2003. Por algo esta escuela es un emblema dentro de la compañía: “Es la única que Ford tiene en el mundo con estas características: dentro de la empresa y con titulaciones oficiales”, señala.


De ahí que a los directivos de la marca que vienen a la Argentina, les guste visitar la escuela. “Les decimos: acá es donde hacemos nuestros técnicos”, explica González. Y el orgullo está más que justificado: son más de mil los egresados desde 1965, y muchos de ellos trabajan o han trabajado en Ford. Además, y a diferencia de otras instituciones similares, esta nunca cerró sus puertas y sigue perteneciendo a la empresa que la creó.

Eso sí, debió admitir algunos reajustes. Si bien la compañía paga un parte importante de los gastos, hoy la escuela —abierta a la comunidad, con examen de ingreso y sin privilegios para los hijos de los empleados— es arancelada. A cambio, ofrece a sus egresados una pasantía curricular de 4 h durante un año en la empresa para que, como explica González, “tomen contacto y vean cómo es el entorno de trabajo”. Y si tras la experiencia, los chicos mantienen la vocación intacta pueden combinar una carrera universitaria —afín a las necesidades de la compañía— con prácticas en la empresa o en algún proveedor de esta. No existe una relación vinculante con Ford, pero la formación y los contactos que hacen les aseguran casi la inserción laboral.

Más información: www.henryford.esc.edu.ar


EXPERIENCIA DE FORMACIÓN QUE NACIÓ EN JUJUY EN 1972

La empresa Ingenios Ledesma fundó en 1972 la Escuela Técnica Ingeniero Herminio Arrieta (ETHA), en Libertador General San Martín (Jujuy). Esta escuela ofrece las titulaciones técnicas en Salud y Ambiente, Industrias de Procesos, Electricidad y Electromecánica. Desde su fundación la dirigen los Hermanos Maristas y, además de apoyo económico, la empresa le cede en comodato los inmuebles donde funciona.


Ledesma ofrece pasantías no rentadas a los alumnos de la ETHA mientras cursan sus estudios. Y, una vez egresan, estos pueden acceder a un contrato de aprendizaje rentado a través del proyecto Escuelita Celulósica Papelera. Según este programa, los alumnos dividen su jornada en la planta en dos partes: 4 h para clases de Física, Química y Matemática, y 4 h para trabajar de manera rotativa en diversas áreas de la fábrica de celulosa y papel. El año pasado, 17 de los 18 egresados de la ETHA que participaron en este proyecto se incorporaron a la empresa.

Asimismo, Ledesma cede las instalaciones de la escuela para que la Universidad Tecnológica Nacional, Facultad Regional Tucumán, dicte la Tecnicatura Superior en Mantenimiento Industrial. Los alumnos de esa tecnicatura también realizan prácticas supervisadas. En los dos últimos años, 18 de los 20 alumnos de la primera promoción ingresaron en Ledesma.

Más información: www.ledesma.com.ar


TÉCNICOS AGRÓNOMOS EN CORRIENTES


El Instituto Agrotécnico Víctor Navajas Centeno data de 1968. Aunque privada, es una institución gratuita gestionada a través de la Fundación Victoria Jean Navajas, del Grupo Las Marías. Actualmente ofrece dos titulaciones terciarias no universitarias: Técnico Forestal Superior y Técnico Superior en Producción Agropecuaria —que era una titulación media hasta 2008—, ambas orientadas al desarrollo socioeconómico de la zona. Desde su fundación, han egresado 711 técnicos agrónomos de nivel medio, especializados en ganadería o en forestación.


Más información: www.fundacionvjnavajas.org.ar

Colonia para chicos ciegos

[ pedirle una foto a Pilar Molina ]

Clarín, 17 de febrero de 2008, suplemento Educación.

Versión papel: acá.

PROGRAMA RECREO DE EDUCACIÓN ESPECIAL
DEL MINISTERIO DE EDUCACIÓN PORTEÑO

Un día con los chicos que aprenden
el mundo que nunca podrán ver

Durante el ciclo lectivo, la escuela Santa Cecilia funciona como una primaria para chicos ciegos de 4 a 15 años. En verano e invierno abre como colonia gratuita.

Rubén A. Arribas

—Si venís a la colonia, ponete repelente. Si venís a la colonia, metete en la pileta. Si venís a la pileta, mojate la panza...
—No, no —corrige Franco—. La última no es así.

Franco está sentado en una típica silla de jardín de infancia, de esas que apenas levantan un palmo y medio del suelo. Con su manita izquierda de niño de diez años, agarra confiado la mano derecha del adulto que le habla. Al lado suyo, una profesora lo espera para ir a desayunar. Aunque él desconoce cómo es el mundo visible, en estas condiciones se siente seguro; o al menos eso da a entender su cara de bonachón.

—¿Y cómo es?

Le resulta extraña la voz: es la primera vez que la oye en la escuela Santa Cecilia, donde funciona la colonia de verano a la que asiste junto con 30 chicos más. Hasta hace un momento estuvo cantando con ellos.

—¿Quién sos? —pregunta.

En la continua oscuridad que le suministran sus ojos, escuchar un nombre y una profesión le sabe a poco; así que, confianzudo, palpa con la mano que tiene libre el lóbulo de la oreja y la cara que pertenecen a esa voz. “Tenés barba”, comenta. Con ternura desliza los dedos hacia arriba y hace que el adulto incline la cabeza para que él pueda explorarla. Ríe: “Sos pelado”. Por último, regresa hacia la barba y la oreja, donde se detiene porque nota algo duro.

—¿Qué tenés acá?
—Anteojos.

Asiente: el dato concuerda con la sensación táctil. Alza la cabeza y dirige sus ojitos entrecerrados hacia donde escucha la voz.

—Hablás raro... ¿De dónde sos?

Franco podría pasarse la mañana así, aprendiendo sobre ese mundo que no puede ver pero sí sentir. La profesora, que lo conoce, lo apura para que vaya a desayunar: un micro los espera para llevarlos a la pileta del Club Comunicaciones, y antes debe comer algo. Entonces desvela el error del periodista:

—No es ‘panza’. La última es “mojate las patas”.

Luego, le da la mano a la docente, camina y sube la rampa que separa el patio de juegos del pasillo por donde se va al comedor. Además de leche y alfajores, allá lo esperan otros ruidos, pieles, voces, texturas..., es decir, un nuevo bombardeo de sensaciones que deberá ordenar sin la ayuda de la vista. Para que la tarea le sea menos ardua, él y sus compañeros cuentan con 5 profesores y 6 auxiliares de docente que están pendientes de ellos desde las 10 a las 16 h.

Según Pablo Pereyra —coordinador de esta colonia del Gobierno de la Ciudad—, la mayoría de estos chicos no ven porque, o bien se lo impide un tumor en el quiasma óptico, o bien nacieron sin glándula de crecimiento o con problemas en el nervio de la visión debido a que las madres, por ejemplo, se drogaron durante el embarazo. Y, como las desgracias nunca vienen solas, a los pobres no les falta de nada: uno tiene retraso madurativo, al otro lo abandonaron, varios vienen de familias con dificultades económicas... Por suerte, gracias a la contención que reciben acá, conservan el sentido del humor y la vivacidad propios de la infancia.

—¿Vos sos el periodista, no? Hola, me llamo Bárbara, tengo 8 años, sé bailar y cantar. Quiero salir en el diario: me hace mucha ilusión. Antes hicimos un espectáculo con mis compañeros, y vine a verte por si lo podés contar.

El espectáculo al que se refiere Bárbara es la canción de bienvenida. Hoy ella fue la maestra de ceremonias, y disfrutó mucho presentando con el micrófono a todos los chicos, quienes cantaban aquello de “Si venís a la colonia...”. Mientras el periodista le promete que lo contará, ella agarra una de las manos de esa voz que oye por primera vez, y con la manita que le queda libre le palpa la pierna, le explora el brazo, le toca la ropa... Como Franco, antes de ir a la pileta a mojarse las patas, quiere llevarse entre el tacto y el oído todo eso que no ve.

*

"APRENDEN COMO CUALQUIER ALUMNO"

Lucas, Alan y Abril ejemplifican el espíritu integrador de la colonia. Lucas (4) es el hermano menor de Matías (6) y de Hernán (10). A diferencia de sus dos hermanos, él ve perfectamente; una situación parecida a la que viven Pilar (6) y Alan (6) con sus respectivos mellizos, Abril y Patri. Según Pablo Pereyra, “en la colonia, laburamos que los chicos que están cerca de los pibes con discapacidad se vengan y jueguen con sus hermanos, primos, etc.; para que así los entiendan mejor”. Y Lucas, Alan y Pilar tan contentos con la idea: acá hay toboganes, trepadora, juegos, excursiones a la pileta... Con un adulto cada tres chicos, ver o no ver deja de ser un criterio para dividir las actividades. “Estos pibes se dan los mismos golpes que cualquier otro a su edad. Aprenden como todos: reparando en el error y reforzando el acierto”, aclara Pereyra.


TODO EL AÑO

La escuela Santa Cecilia está en Senillosa 650, Buenos Aires. Durante el ciclo lectivo, funciona como un primario para chicos ciegos de 4 a 15 años. En las vacaciones de invierno y verano, abre como colonia —gratuita— bajo el programa Recreo de Educación Especial. Va de lunes a viernes, de 10 a 16 h. La matrícula está abierta todo el año. Teléfono: 4922 0459.

El blog, nueva herramienta educativa


Clarín, 10 de febrero de 2008, suplemento Educación.

Versión papel: aquí.
La nota en el blog de la escuela: acá.

IDEARON UN CAMPUS VIRTUAL QUE ES TODO UN ÉXITO

El blog, nueva herramienta educativa

En las dos sedes de la escuela ORT de Buenos Aires apostaron por renovar su filosofía educativa y le franquearon la puerta en abril de 2007 al instrumento que revolucionó Internet y la vida adolescente.

Rubén A. Arribas

Twitter. Flickr. Podcast. You Tube... El vocabulario y las destrezas informáticas de los “nativos digitales” —término con el que algunos especialistas designan a los chicos que ya encontraron celulares o Internet en casa cuando nacieron— ponen en jaque a cualquiera que no esté familiarizado con las tecnologías de la información. A diferencia de sus padres, docentes u otros chicos, estos escolares crecieron en espacios donde hacer varias cosas a la vez y estar conectado con la red de amigos les resultaba algo cotidiano. Una clásica imagen de ellos es verlos chatear, mirar la tele, hablar con los padres y recibir mensajes en el celular, todo a la vez. De ahí que captar su atención y alfabetizarlos con pizarra y tiza resulte una tarea ardua.

Por ello, en las dos sedes de la escuela ORT de Buenos Aires apostaron por renovar su filosofía educativa, y franquearle la puerta en abril de 2007 al instrumento que revolucionó Internet y la vida adolescente: el blog. Y además lo hicieron a lo grande: idearon un campus virtual, http://redblogs.ort.edu.ar/, consistente en una red de estas bitácoras gratuitas y sencillas de manejar. Empezaron con 17 blogs, en septiembre llegaron a los 90 y alcanzaron los 120 en febrero de 2008, con picos de 20 mil visitantes diarios externos a la escuela.

¿Qué tiene esta telaraña digital que atrapa a tanto internauta? De casi todo. Además de los espacios que mantienen los cursos o docentes afines al proyecto, ofrece blogs para documentar viajes, escribir sobre fútbol o escuchar los contenidos que pasan por la radio escolar, La Corneja. Asimismo, brinda un canal en You Tube con más de 90 videos propios, una bolsa de trabajo o acceso al departamento médico. La frutilla de la torta es que cualquier internauta puede recibir avisos a través de Twitter —una canal de mensajería instantánea de Internet— sobre las actualizaciones que se producen.

Para entender el éxito del proyecto, alcanza con surcar un rato este océano de información. ¿Qué hay? Por ejemplo, adolescentes que publican el análisis de Pablo Neruda que escribieron para aprobar la materia de Lengua. También, profesores de Ciencias Naturales que suben videos en inglés sobre la respiración. Incluso puede leerse cómo algunos padres agradecen al colegio que este retransmitiera en directo a través de Internet una actividad donde participaron sus hijos. Como explica Guillermo Lutzky, director de este campus virtual, la apuesta es terminar con el agotador “¿Qué hiciste hoy?”, y que así alumnos, docentes y padres construyan una relación distinta con la escuela.

Eso es posible porque esta iniciativa incide sobre dos aspectos fundamentales: documentar públicamente el proceso de aprendizaje y aumentar la audiencia que tiene el alumno para sus trabajos prácticos. Gracias a esta sinergia entre tecnología y docencia, cualquier internauta puede navegar el blog de 5IA de Imagen y Comunicación, por ejemplo, entrar en la etiqueta ‘pueblo’ y rastrear desde la consigna “Armar una web para un pueblo de menos de 10 mil habitantes” hasta cómo Federico Snieg y Maximiliano González prepararon www.chos-malal.4t.com, una web no oficial dedicada a Chos Malal (Neuquén). Además, si el lector quiere y acepta que los docentes moderen sus comentarios, puede opinar. Es decir: estos “nativos digitales” reclaman una revolución del sistema tradicional de enseñanza.

Interacción. Simultaneidad. Personalización. Creatividad compartida... Quizá podrían traducirse así algunas de esas palabrejas informáticas que manejan con tanta soltura estos nuevos escolares. Como explica Lutzky, la buena química entre adolescentes y blogs reside en que “esta herramienta les permite integrar saberes y habilidades que les son cotidianas, y además compartir el resultado con otras personas. Eso hace que los chicos sientan que ponen algo propio; de ahí que se involucren tanto afectivamente”.

*

"FORMAMOS CHICOS PARA CARRERAS NO INVENTADAS"

Guillermo Lutzky dirige un equipo de 4 personas que coordina a más de 70 docentes en esta experiencia pionera. Esta apuesta, explica, responde a un convencimiento: “Formamos chicos para carreras que todavía no están inventadas: las tareas y las competencias laborales cambian muy deprisa. Cuando trabajen, los cineastas o clínicos que formamos hoy, usarán otras tecnologías que las que manejan ahora... Y casi seguro se regirán por otros modelos de trabajo. Como no pueden aprenderlo todo, debemos prepararlos para que sepan adaptarse a un entorno laboral que cambia constantemente. En ese sentido, coproducir con los docentes a través de los blogs, les permite ganar protagonismo en su aprendizaje. Esto supone un desafío para los docentes, quienes deben actuar sobre todo como directores de orquesta”.


Club de Chicos de Saavedra

Clarín, 3 de febrero de 2008, suplemento Educación

Versión en papel: aquí.
Las fotografías las tomó Federico Hamilton.


CLUB DE CHICOS

Tiempo de recreo en las escuelas de los sábados

Durante el año lectivo, el programa se desarrolla en siete centros de la Ciudad.

Rubén A. Arribas

“1, 2, 3 y vuelta”. “Chicas, cuidado: se están juntando”. “Atrás, atrás”. “Parejas... ¡Ahora!”. A las damiselas del programa Club de Chicos que asisten los sábados por la mañana a la escuela Naciones Unidas, les gusta encontrarse para bailar. Este grupo —el de chicas entre 10 y 12 años— lo integran unas 20 jovencitas que deciden todo: la música, la coreografía y hasta el vestuario. Su profesora, Carla Kwasnik, sólo las dirige. Si sus alumnas le piden Shakira, les da Shakira. Si le piden High School Music, High School Music. Si le dicen que les lance un osito para el final de la coreografía de “El patito feo”, lo lanza. Como en el resto de actividades de esta escuela convertida en club los sábados de 10 a 13 h, los alumnos proponen y los profesores orientan, acompañan, juegan.

“Acá el chico elige en cada momento dónde está. Si está jugando al fútbol y se cansa, se va al taller de ajedrez o al de plástica, por ejemplo. La mayoría de las chicas vienen a la clase de danza; sin embargo, otras solo vienen para contarse sus cosas... Hoy el barrio no es como cuando nosotros éramos chicos. Ahora hay más inseguridad, menos zonas verdes, desaparecieron muchas instituciones vecinales. Por eso proponemos que la escuela funcione los sábados como un lugar de encuentro y de recreación”, explica Luis Sánchez Berazategui, coordinador del programa en este club- escuela del barrio de Saavedra.

Además de este centro —que los sábados se llama Zapatillas Revoltosas—, hay otros 5 adheridos al programa Club de Chicos (ver recuadro), auspiciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Esta iniciativa, que está dirigida a niños entre 6 y 12 años, surgió en 2005 para cubrir el hueco educativo-recreativo dejado por otro programa similar, Club de Jóvenes, en funcionamiento desde 1999 y destinado a mayores de 12. Con solo dos años de existencia, Club de Chicos cuenta ya con unos 500 asistentes semanales, mientras que su hermano mayor recibe a unos 3 mil y abrió 30 centros. Los números en sendos programas son buenos, sobre todo si se considera que los chicos asisten cuando y porque quieren.

La característica principal de ambas iniciativas es que cada club-escuela elabora su propuesta. “Trabajamos con un programa flexible que cada centro construye a partir de varios factores: la cantidad y la capacidad de los docentes, el espacio físico, la comunidad donde está y el perfil de los chicos. Y si bien partimos de ejes comunes en las áreas de trabajo —conformar grupos, usar el juego como motor, proponer actividades artístico-expresivas y fomentar el deporte—, las actividades que ofrece cada Club de Chicos varían con la demanda de cada comunidad”, aclara Sergio Canosa, coordinador regional de los dos programas.

En el caso de la comunidad del Zapatillas Revoltosas, por ejemplo, la oferta de actividades está enriquecida por la disponibilidad del parque Padre Mujica, que está justo en la puerta. Por allí corren en esta soleada mañana otoñal las bailarinas del grupo de 6 a 10 años, quienes juegan a la mancha mientras esperan a que las grandes acabe su clase con Carla Kwasnik. Con ellas juegan los hermanos Lautaro y Emiliano Carosela (6), quienes, en vez de esperar para ensayar la coreografía de “Casi Ángeles”, quieren irse a patear la pelota o a probar con el ajedrez. Aunque todo esto tendrá que esperar: son casi las 11 y media y la profesora que los cuida, Rosa Calero, les pide que regresen a la escuela: los espera la vianda.

En las aulas de Naciones Unidas, a los demás también les anuncian que llegó la hora de almorzar. “A lavarse las manos, ¡a comer!”, grita Guillermo Telch, el profesor de ajedrez. Algunos dejan entonces en el corcho de la clase el dibujo que estaban pintando; sin embargo, otros agarran un tablero y se ponen a jugar. Telch supervisa quiénes salieron a comer y después, al que mueve negras, le explica una jugada con la torre... Por lo que se ve, acá ni siquiera es obligatorio ir por la vianda. Si uno quiere comer, come. Y si quiere jugar, juega. Queda claro entonces por qué los chicos dicen que este es un buen programa de sábado.

*

No hay lugar como la escuela
“El adulto es imprescindible para los chicos. Para que haya educación, es necesaria una relación asimétrica entre un adulto y un chico o joven. No son amigos, no son hermanos... Es decir: existe una relación que implica responsabilidades diferenciales: el adulto debe orientar, cuidar, contener, proteger... Esa función es deseable que la cumplan todos —padres, tíos, abuelos, escuela, Estado—; sin embargo, la realidad socioeconómica en determinados barrios ofrece desocupación crónica, chicos que ingresan prematuramente al trabajo informal o que asumen responsabilidades como cuidar a sus hermanos menores. En esos entornos, la escolarización tiene otro valor y la deserción escolar, sobre todo en la secundaria, es alta. Nuestros dos programas intentan recuperar espacios que se han perdido en los barrios, preservar el carácter juvenil de los chicos y ayudar a que los pibes construyan su proyecto vida, que asuman su realidad social como un punto de partida, y no como una fatalidad. Para nosotros, con sus ventajas y sus inconvenientes, la escuela es el mejor lugar donde ellos pueden estar”. Sergio Canosa, Coordinador Regional de Club de Chicos y Club de Jóvenes.


Dónde funcionan
Los 6 centros de Club de Chicos —de 6 a 12 años— adheridos a este programa del Gobierno de la Ciudad son los siguientes:
  • Caballito. Escuela José Ignacio Gorriti, en Nicasio Oroño 1431.
  • Floresta. Escuela Ernesto Alejandro Bavio, en Bahía Blanca 1551.
  • Saavedra. Escuela Naciones Unidas, en Rogelio Yrurtia 5806.
  • La Boca. Escuela Juana María Gutiérrez, en Rocha 1226.
  • Bajo Flores. Escuela Carlos Geniso, en Agustín de Vedia 2519
  • Saavedra. Escuela República de Turquía, en Ruiz Huidobro 3853.
Todas funcionan de 10 a 13 h, salvo Bajo Flores, que abre de 12.30 a 16 h, y la Escuela República de Turquía, que va de 12.30 a 17.00 h. Las actividades son gratuitas y la comida está incluida.


Cine en las escuelas medias del sur de la ciudad

Clarín, 11 de noviembre de 2007, suplemento Educación

Nota en papel: acá.


CINE EN LAS ESCUELAS MEDIAS DEL SUR DE LA CIUDAD

La Universidad del Cine se mete en las escuelas secundarias

El Programa funciona en cuatro secundarias de Lugano y Mataderos. Unos 160 adolescentes filman ocho cortometrajes con el apoyo y los equipos de la Universidad del Cine.

Rubén A. Arribas

“No cualquiera te da así una mano, viene un día a la escuela en un barrio como este y te dice: ‘¿Tenés una idea? Vení, que la filmamos. Yo te enseño de cine, te pongo los equipos y vos aprendés a hacer un corto’”. Alejandro Arévalo (17) vive en el barrio porteño de Piedrabuena, a dos cuadras de la General Paz y a una de la fábrica de la Pirelli. Además de cursar tercero en la EMEM 1 de 20, participa como asistente de dirección en el cortometraje que rueda junto con otros 12 compañeros para el proyecto “Cine en las escuelas medias del sur de la ciudad”. En ausencia del director de la película, él lo supervisa todo: encuadres, iluminación o relaciones con la prensa.

Al lado suyo está Aixa Sirera (17), una de las actrices. El curso pasado y el anterior, ella dirigió los cortos que filmaron en esta escuela; de hecho, Alejandro fue uno de sus actores. Este año Aixa prefirió cambiar de registro y probar con la actuación. De momento está contenta: “Los otros años rodamos situaciones muy reales del barrio: pobreza, drogas, embarazos adolescentes,... Lo que está bueno de Emiliano y Alejandro es que se corrieron de ahí y se fueron para el lado de la imaginación”, comenta.

Emiliano es Emiliano Sagradini (17), el director. A eso de las 5 y media anduvo por la escuela para supervisar los preparativos del equipo de rodaje: este lunes había práctica de filmación hasta las 21 h. Quería filmar, pero no pudo; le debía el análisis de una obra a la profesora de Teatro, por lo que sólo se quedó un ratito. Aprobar esa materia para la escuela y rodar tranquilo “su película” —así se refiere a ella—, dependía de viajar esa tarde sí o sí casi una hora en colectivo hasta Corrientes y aguantar el diluvio que lo esperaba a la noche cuando regresara. Entre unas cosas y otras, además de cine, está aprendiendo cuán sacrificado resulta combinar estudios y arte.

Porque a Emiliano con la escuela le sucede lo que a cualquier adolescente: le cuesta. Y no es porque le falte capacidad intelectual o de trabajo; en las primeras 4 semanas, cuenta, ya reescribió 5 ó 6 veces el guión. Aunque él dirige, quiere que las 14 escenas que planificó para los 8 minutos de película reflejen las ideas del grupo, y que así todos sientan como propia la historia que él y Alejandro propusieron, la de un chico que invoca a los espíritus a través del juego de la copa. ¿De dónde sale tanta motivación? “Es que yo acá vuelo; todo es imaginación mía”.

Marcos Sacchetti sonríe cuando escucha esto último. Desde hace 7 años coordina este proyecto adscrito al programa Zonas de Acción Prioritaria de la Secretaría de Educación del GCBA y, aunque trabaja en la tele y en la Universidad del Cine (UC), brindar una oportunidad a chicos como Alejandro, Aixa o Emiliano ocupa un lugar central en su agenda: “Este proyecto es el ancla de mi vida”, asegura. Y debe de ser cierto, porque en 2007 coordina ya a 160 adolescentes y 12 profesores que ruedan 8 cortometrajes en 4 escuelas de Villa Lugano y Mataderos. Por cierto, números más que satisfactorios para un emprendimiento que requiere equipos muy caros y docentes especializados.

De ahí que el aporte de la UC —que proporciona desde el soporte técnico hasta becas del 100 por cien para acceder después a la universidad— resulte imprescindible en esta sinergia entre escuela y Estado. Asimismo, y como garantía de que ese apoyo continuará, figura Manuel Antín, el rector de la UC. Este reconocido cineasta, según Sachetti, suele recordarles a los docentes que “esta experiencia, además de cambiarle la vida a los chicos, enriquece la mirada de quienes trabajan con ellos”. Es decir, que no sólo de Godard o Cassavetes aprenden quienes se dedican al séptimo arte.

*

HISTORIAS

En la Escuela Comercial 12 de 21, escribir un guión y rodar un corto puntúa para la materia de Lengua. La profesora, Sandra Pérez, trabaja con dos docentes de la Universidad del Cine, Emiliano Iglesia y Sebastián Mega, quienes dictan clase en esta escuela de Lugano una vez a la semana. Este lunes, por ejemplo, de 20.30 h a 22 h debaten la sinopsis que prepararon los alumnos para el corto que rodarán entre todos. Iglesia y Mega se dirigen a la audiencia, en su mayoría adolescente —más alguna madre de familia—, con propiedad cinematográfica: ‘escena’, ‘elección estética’ o ‘historias paralelas’ son conceptos que sobrevuelan la charla. Según Sandra Pérez, el alcance de estas clases excede el acercamiento a la lengua a través del relato audiovisual: “En el barrio estamos rodeados por la sensación de fracaso; todo es muy difícil acá: encontrar trabajo, tener una casa, acceder a la cultura... Que algo como un corto salga bien, es muy importante”. Y añade: “Este programa genera sueños que se cumplen; los chicos ven sus películas en pantalla grande en el cine del barrio”.




María Rosa Almandoz, directora del INET


Clarín, 12 de agosto de 2007, suplemento Educación

La nota en Clarín.com: aquí (incluye una videoentrevista).
La nota en papel: nota principal aquí y un par de recuadros por acá.

ENTREVISTA CON LA DIRECTORA DEL INSTITUTO NACIONAL DE EDUCACIÓN TECNOLÓGICA, MARÍA ROSA ALMANDOZ

“Necesitamos graduados en Ciencia y Tecnología volcados a la producción”

Para Almandoz, hay querecuperar la escuela técnica y reactivar la industria desmantelada.

Rubén A. Arribas

“La crisis de vocaciones en la ingeniería no es un fenómeno local. Si vos preguntás en EE.UU., España o Alemania, también te dirán que su punto flaco es la falta de ingenieros”. La cursiva de María Rosa Almandoz, Directora del Instituto Nacional de Educación Tecnológica (INET), pretende arrojar luz sobre qué entiende la moderna sociedad de la información y el conocimiento por uno de los perfiles con menos egresados en la Argentina. Según ella, las razones hay que buscarlas en un cambio de paradigma cultural.

“Hasta hace 20 ó 30 años, la ciencia y la tecnología eran campos casi separados. La investigación en Ciencias Básicas —Física, Química, Biología y Matemática— era muy independiente del desarrollo tecnológico aplicado a la producción. Sin embargo, en las últimas décadas el conocimiento alcanzó tal importancia económica que esa situación cambió. Hoy mucha de la investigación en Ciencias Básicas nutre a los tecnólogos, y estos para innovar necesitan a su vez conocimientos profundos en esas disciplinas”, continúa Almandoz. Y añade: “Por eso necesitamos egresados con una formación fuerte en ciencia y en tecnología, pero que además estén volcados al campo de la producción”. Es decir: el mercado ingenieril amplió su radio de acción y demanda nuevos perfiles profesionales, de ahí la escasez mundial de ingenieros.

Pero también existe un factor local. A pesar de la reactivación económica que vive la Argentina, el país todavía no se ha recuperado de la devastadora Década Perdida (1980-1990). En esa época cerraron más de 160 mil pymes —el gran motor de la economía y el sostén social de casi cualquier sociedad— y grandes empresas deslocalizaron sus plantas de producción a otros países. Deshecho el tejido industrial y desempleados los técnicos e ingenieros, la educación tecnológica que los formaba cayó casi por efecto dominó.

“Las políticas educativas de los 90 acompañaron ese proceso desindustrializador y abandonaron la formación de técnicos en las escuelas medias, una línea educativa muy tradicional, distintiva de México y de la Argentina, y que en las décadas del 40 al 60 generaba maestros de obra, técnicos químicos o técnicos agropecuarios, siempre muy prestigiados”, aclara esta socióloga experta en Metodología de la Investigación Científica. La menemista Ley Federal de Educación guillotinó este sector educativo estratégico, y con ella voló por los aires el puente más importante entre la secundaria y las ingenierías. Los efectos de aquella explosión son conocidos: muchas escuelas técnicas cerraron.

Por eso el Gobierno apuesta por una doble estrategia: reactivar los sectores industriales desmantelados —textil y naval sobre todo— y recuperar la escuela secundaria técnica, un emblema del pasado esplendoroso del país. “Las escuelas técnicas son las que mejor preparan a los alumnos para las ingenierías”, argumenta la Directora del INET. ¿Por qué? “Los futuros técnicos asistían a clase desde los 13 a los 19 años, cursaban en jornada completa —6 a 7 horas reloj por día—, obtenían una sólida formación en Matemática y se orientaban hacia la tecnología”. Claro, que también tenían industrias donde insertarse, y eso favorecía un círculo virtuoso: buena formación, buen empleo; y viceversa.

Eso provocó que en las décadas del 40 al 60 los chicos supieran qué hacía un técnico o un ingeniero; hoy lo desconocen. Y si les falta ese saber, no pueden pensarse como futuros técnicos en Mecatrónica o ingenieros en Aeronáutica. “La vocación no es algo espirituoso. No se puede elegir lo que no se conoce. Los chicos deberían elegir una carrera donde disfruten leyendo y aprendiendo sobre ella”, precisa Almandoz.

Asimismo, está el karma de país inestable: “Los planes de estudio hablan de 5 ó 6 años para una ingeniería; sin embargo, la duración real de estas carreras es por término medio 9,5. ¿Cuántas familias tienen oxígeno económico para mantener a un hijo ese tiempo? ¿Qué joven puede plantearse hoy un proyecto a 9 ó 10 años, si además debe estudiar y trabajar?”. De ahí que, con la Ley de Educación Técnico Profesional de 2005, el Gobierno quiera potenciar también la educación técnica superior como una alternativa a la universidad que garantice la inserción laboral. Para ello en 2006 invirtió 260 millones de pesos en becas, planes de mejora o series educativas que fomentaban el vínculo entre el Estado, las universidades y las empresas.

Por último están las falencias de los estudiantes de secundaria en Matemática, esas de las que hablan tanto las estadísticas. A lo que esta licenciada en Ciencias de la Educación comenta: “Lo que tenemos que hacer es mejorar la formación en didáctica de los docentes. Por cómo se construye el conocimiento en cada disciplina, un mal profesor de Matemática resulta más crítico que un mal profesor de Historia”.

Entonces, para resolver el problema vocacional... Sí, más formación en Matemática como reclaman insistentemente desde el mundo adulto, de acuerdo, pero a) primero que los profesores la expliquen mejor y b) cualquiera diría que los adultos son los responsables de una sociedad que ha llevado a los chicos a la indiferencia frente a las carreras técnicas. Por tanto es en manos de los políticos, empresarios, padres y educadores en las que está revertir la situación. Las palabras de María Rosa Almandoz, madre de un hijo que estudia Ingeniería Industrial, dejan poco lugar a las dudas.

*

La educación técnica en números
  • 260 millones de pesos invirtió el Gobierno en 2006 para apoyar diferentes políticas educativas en los campos de Ciencia y de Tecnología.
  • 20 por ciento aumentó en 2007 la matrícula en las escuelas técnicas de nivel medio.
  • 55.736 egresados salieron en 2006 de las escuelas técnicas de nivel medio.
  • 31.815 egresados salieron en 2006 de las escuelas técnicas de educación superior.
  • 164.224 egresados salieron en 2006 de los centros de formación profesional.

Fuente: Instituto Nacional de Educación Tecnológica, www.inet.edu.ar.

Programa de radio Hora Libre


Clarín, 12 de agosto de 2007, suplemento Educación

Versión papel: aquí.


PROGRAMA HORA LIBRE DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

A punto de terminar el secundario,
casi expertos conductores de radio

Esta formación integra el plan de estudio de los bachilleratos con orientación en Comunicación Social.

Rubén A. Arribas

Son las 12:57 h del domingo, y en Radio La Porteña apenas faltan 3 minutos para que termine Hora Libre y comiencen las noticias de la una. En el aire está el escritor Maximiliano González Jewkes, quien contesta por teléfono las preguntas sobre boxeo y literatura que le formula en directo Laura Rombolá, alumna de la escuela Rumania, del barrio Villa Real. Según lo acordado con sus cinco compañeras de equipo, suya es la responsabilidad de cerrar este último bloque. Sin embargo, el minutero avanza y Laura no encuentra el momento de interrumpir al entrevistado. Frente a ella, Christian Gauna, docente y conductor del programa, mira el reloj del estudio, alza su mano derecha a media altura y le hace una señal para que corte ya, ya.

Laura asiente, comprueba la hora, se pone colorada. Eva González, su profesora en 5º curso del Bachiller con orientación en Comunicación Social, la mira y, como Gauna, corta el aire con la mano varias veces. La adolescente se aprieta los auriculares y pone cara, como luego explicará, de “¡Era el primer entrevistado de mi vida! ¡¿Cómo lo iba a cortar?!”. De repente Jewkes da por respondida la pregunta y se queda en silencio. Todos clavan los ojos en Laura, y ella cumple con lo ensayado en el precario estudio de grabación de la escuela: le agradece al entrevistado por estar en el aire y le pasa la posta al conductor. Son las 12.58 h.

Ahora la presión es para Gauna, pero él es un locutor experimentado y sabe cómo usar esos dos minutos. Recuerda que Hora Libre es un programa de las escuelas medias en colaboración con el Gobierno de la Ciudad, pide a las alumnas que se despidan de la audiencia y emplaza a los oyentes a que el próximo domingo de 12 a 13 h sintonicen de nuevo AM 1110, donde lo acompañarán estudiantes de la Tomás Espora, del barrio de Liniers. Tras una brevísima cortina, anuncia, llegarán las noticias. Impecable: le sobró un minuto.

Las chicas respiran aliviadas. En esta última hora, además de trabajar casi al ritmo de los profesionales, rendían una prueba puntuable para la materia Taller de Radio. En clase habían elegido el boxeo como tema para el programa y semana tras semana planificaron y prepararon los contenidos. Así, grabadora en mano, entrevistaron a Josué Meléndez (16), un compañero suyo que boxea, y a su entrenador. Después leyeron “Torito”, el cuento que Cortázar le dedicó al boxeador de Mataderos Justo Suárez, y por una pista dejaron la voz del cronopio Julio y por la otra grabaron la de ellas. Luego, en el estudio de La Porteña, Christian Gauna las ayudó a presentar los bloques, sincronizó los tiempos y charló con ellas a micrófono abierto sobre cómo habían elaborado el programa. Por último, como tuvieron complicaciones con el material que habían grabado con Jewkes, se animaron a conversar con él en directo. En total, tres semanas de trabajo hasta poder disfrutar de esta primera hora de radio de su vida.

Bueno, de trabajo y de muchos nervios. Por eso cuando da la una, Laura Rombolá (17), Karen Lucero (18), Jacqueline González (17), Melina Menafra (17), Aldana Rigueras (17) y Fiorela del Mazo (18) quieren chillar; sin embargo, Gauna sigue enseñándoles radio: les señala a los dos locutores preparados para dar las noticias. Las chicas asienten, se ponen las camperas, salen sin hacer ruido al pasillo del 8º piso del Centro Cultural General San Martín y ahí sí, ahí se abrazan, gritan, comentan las incidencias y hasta se hacen fotos con el equipo docente. Ninguna había pensado ser locutora de radio, explican, porque quisieran cursar Cine, Publicidad o Psicología. Sin embargo, hoy se divirtieron tanto que la semana que viene repetirían. ¿Madrugar de nuevo un domingo? “Es que estuvo bueno cuando recibimos los mensajes: sentías que la gente te estaba escuchando”, dice Karen, que había dormido apenas hora y media porque ayer tuvo un cumpleaños de quince. No se les puede pedir más honestidad a estas chicas: en clase o a través de las ondas, lo único que piden para engancharse con la escuela es que las escuchen.

*

ELIGEN LOS TEMAS Y LOS PRODUCEN

“Intentamos que los chicos digan todo lo que tienen que decir, pero con respeto. Son ellos quienes eligen los temas. En la escuela Rodolfo Walsh, por ejemplo, investigaron quién fue Walsh, en una de Villa Soldati están con la historia del Club Sacachispa y la semana pasada el programa fue sobre el aborto”. Además de docente, Mariano Molina es el coordinador de Hora Libre, un espacio radial del Gobierno de la Ciudad que usan 12 escuelas medias que imparten Bachiller con orientación en Comunicación Social y 8 escuelas de reingreso.

Este es el segundo año del proyecto, y tiene tan buena recepción que Molina y su equipo pusieron también en marcha la REC (Red Escuelas Comunitarias), una agencia de noticias escolar. Ambos proyectos apuntan hacia lo mismo: “Que quienes salgan de este bachillerato sepan leer y escribir, sean capaces de hacer la producción de una radio barrial y puedan armar un periódico comunitario”. De momento, según Melina Menafra, hoy las alumnas de la escuela Rumania sacaron esta conclusión tras el programa: “Aprendimos a remarla”.


TAMBIÉN POR INTERNET

Hora Libre se emite por La Porteña, AM 1110, domingos de 12 a 13 h. También se puede escuchar en www.radiodelaciudad.gov.ar. Contacto: 5371-4600 y horalibre@buenosaires.gov.ar.


Estrategias para orientar el futuro profesional



Clarín, 12 de agosto de 2007, suplemento Expo Educativa


Nota en Clarín.com (incluye videoentrevista): aquí.
Nota en papel: primera página por acá (cuando encuentre el pdf, claro) y segunda por aquí.


Estrategias para decidir mejor hacia dónde
orientar el futuro profesional

Los expertos señalan cuatro etapas clave en la elección de una carrera: indecisión, exploración, definición y replanteo. Recomiendan la participación en talleres y sugieren a los padres un acompañamiento sin presiones.

Rubén A. Arribas

En cualquier momento de la vida, tener la certidumbre de que uno elige bien es difícil. Cuesta. Ejemplos hay muchos, pero quizá la compra de un departamento sea el que mejor permita a los adultos entender qué sienten los adolescentes cuando deben decidir hacia dónde orientar su futuro profesional. Vender un departamento para comprar otro suele llevar aparejado intensos periodos de zozobra, donde cualquiera enfrenta inseguridades, condicionamientos o momentos de confusión. Según Claudia Fuentes, psicóloga del equipo de la Dirección de Orientación al Estudiante de la Universidad de Buenos Aires (DOE), quienes egresan del secundario atraviesan las mismas etapas para decidir que un adulto que quiere cambiar de hogar.

Estas etapas son 4: indecisión, exploración, definición y replanteo. Como en el caso del departamento, la certidumbre total —si es que esta llegara a existir— sobre los estudios elegidos se da cuando uno experimenta su decisión, esto es, cuando pasan unos meses. Es más: si en el momento de firmar el boleto de compra de un inmueble, los adultos suelen replantearse la idoneidad de la elección, ¿qué miedos no sufrirán los jóvenes cuando toman la primera gran decisión con que construir su futuro? Así que si los adultos odian que los presionen, a los chicos que salen del secundario les sucede algo parecido. Y está bien que así sea: este es su primer paso como incipientes adultos.

Entonces: elegir bien comienza por disfrutar de un entorno donde sentirse libre. Eso sí, Flores aclara: “El exceso de libertad tampoco es bueno; los chicos necesitan sentirse escuchados, no que todo dé igual. Claro, que para los padres, los profesores y los adultos significativos esto significa moverse en un límite muy delicado: hay que saber acompañar, pero siempre sin presionar. Eso quiere decir que tienen que charlar con los chicos y que estos puedan hablar de sus intereses, pero a la vez deben aprender a respetar la individualidad y la libertad de quien elige”.

Hablar, respetar el periodo de indecisión del chico, acompañar. Traducción para los padres: además de comprar guías para el alumno o de llevar en coche a los hijos a un taller de orientación vocacional, en la vida diaria deben mostrarse cuidadosos cuando hablan, sobre todo cuando emiten opiniones taxativas sobre las distintas profesiones. Ejemplo: “Todos los actores son unos vagos”, y resulta que el hijo quiere estudiar Arte Dramático. Aunque no lo parezca, los chicos respetan la opinión de los adultos, y cada juicio de valor de estos les cierra una puerta del futuro que imaginan.

Y es que al porvenir mejor no ponerle vallas de antemano, ni siquiera a la manera de la clásica orientación vocacional. Detalla Flores que hoy la pregunta ya no es “¿Qué carrera quiero estudiar?”, sino “¿Qué actividades quiero desarrollar en el futuro”. Tomando ese novedoso punto de partida, el orientador debe ayudar a que el chico profundice por sí solo en sus intereses personales y acompañarlo para que descubra qué trayecto estudiantil podría describir para satisfacer esos anhelos. Al respecto, esta especialista del DOE subraya: “Elegir una carrera ni siquiera es un punto de llegada cerrado y definitivo, es un paso más en la construcción de un proyecto personal de futuro”. Moraleja: esta es la primera gran decisión de las muchas otras que esperan; aprender a convertir la incertidumbre que la acompaña en una enseñanza significa comenzar a edificarse de manera sólida como persona.

Además, hablar de “proyecto de futuro” en vez de “carrera” ayuda a encarar una situación muy frecuente entre los adolescentes: “Quiero seguir estudiando, pero no sé el qué”. Eso es lo que traen los chicos, y de ahí parten los orientadores: no importa la carrera, importa dialogar con los jóvenes para que estos descubran por sí solos cómo articular lo que les gusta y lo que les interesa con las ofertas educativas y una posible salida laboral. Nadie decide por ellos, sino que ellos se toman su tiempo y aprenden a decidir lo mejor para sí mismos.

Por eso la DOE pone el acento en ofrecer espacios de reflexión donde los estudiantes compartan sus inquietudes con los pares, psicólogos y docentes . “Los talleres funcionan como un espacio de prevención. En la medida en que los chicos charlan sobre el futuro, ellos mismos se van encontrando mejor preparados para afrontarlo”, señala Flores. Por tanto si el mundo adulto espera engrosar sus filas con jóvenes ávidos por aprender, primero debería tentarlos con algo de su sabiduría: enseñar cómo decidir por uno mismo es un buen primer paso. A los chicos ganas de madurar no les faltan.

*

. Recuadro para Talleres gratuitos de orientación vocacional de la UBA :: ver aquí.
. Recuadro para Orientación vocacional para el CBC :: ver acá.


. Recuadro-entrevista con Graciela Attiná, Directora del Departamento de Psicodiagnóstico de la Asociación de Buenos Aires (APBA)

“Les falta cancha para preguntar”. Esa es una de las principales falencias de los chicos que asisten a la Expo Educativa, según Graciela Attiná, Directora del Departamento de Psicodiagnóstico de la Asociación de Buenos Aires (APBA). De ahí que este año, ella y el equipo de 4 psicólogos que coordina repartirán en los talleres una hojita que funcionará como la guía de qué deberían hacer los jóvenes en la feria.

“Se trata de combatir el deslumbramiento que les produce encontrarse en un lugar tan grande, con tanta gente y con tantos stands. Seamos honestos: los chicos van y juntan, juntan y juntan papeles, les hablan del futuro, les proponen talleres, y sin embargo muchos de ellos están pensando en el viaje de egresados y otros ven octubre del año próximo demasiado lejos. Es decir: al final lo que sucede es que van, se ponen tímidos y no saben qué preguntar”, explica Attiná.

Por eso es bueno que acudan a alguno de los 4 talleres diarios y gratuitos que dictará APBA en la Expo Educativa. Allí los psicólogos los harán jugar y, de manera lúdica, los harán identificar algunos miedos que les despiertan determinadas carreras, o les desharán equívocos como confundir Recursos Humanos con Derechos Humanos. También quienes asistan podrán poner en crisis preconceptos que traen por influencias de las modas vocacionales que circulan o que viven en su entorno. Y sobre todo encontrarán a un orientador que los hará reflexionar sobre dos preguntas cruciales para comenzar a construir la vocación: “¿En qué soy muy capaz?” y “¿Qué papel desempeño en mi familia y entre mis amigos?”.

Según Attiná, esas dos preguntas son vitales porque los adolescentes fantasean, se sienten capaces de todo y terminan abrumándose por el gran espectro de posibilidades de que disponen. Dicho de otro modo: no saben separar entre su vocación y las aficiones. “Esto es muy difícil sobre todo para quienes les va bien estudiando, a ellos les cuesta mucho elegir. Los adolescentes desarrollan lógicas muy ricas, de una gran capacidad asociativa; sin embargo, les cuesta jerarquizar las ideas, organizarlas. Y ahí es donde debemos ayudarlos”.

¿Y para qué tanto esfuerzo en jerarquizar? “Se necesita tener un objetivo claro y aprender a bancársela para lograrlo. Convengamos, que quienes hemos estudiado una carrera sólo encontramos 5 ó 6 materias que nos entusiasmaron, pero el resto no... Y eso también hay que transmitírselo a los chicos”. Pero el asunto de elegir bien, va más lejos: “Cuando la crisis llega, nos golpea a todos por igual, sea uno fotógrafo o ingeniero. El título es importante, sí, pero cuando viene un terremoto, lo único que nos sostiene es trabajar en lo que nos gusta”. Es decir: estar conformes con nuestro proyecto personal.

Club Infantil en Ciudad Oculta


Clarín, 5 de agosto de 2007, suplemento Educación

La nota en Clarín.com: aquí.
Versión papel: tapa por aquí, primera página por acá y segunda página por acullá.


PROGRAMA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

Escuelas que no cierran sus puertas

Hay seis centros infantiles en las zonas porteñas de mayor riesgo social. Allí, todos los sábados entre las 10 y las 14, chicos de tres a seis años disfrutan de actividades educativas y de recreación.

Rubén A. Arribas

Cuando Mariana Pierro llega a su lado, Rosario se levanta de la silla y le dice algo al oído. La profesora la abraza conmovida, le da un beso y pide silencio: Rosario quiere hablar. Todos, grandes y pequeños, miran hacia donde están las dos. Pasan unos segundos; parece que la jovencísima oradora ha sufrido un rapto de timidez. Por fin dice:

—Un aplauso para Silvia y para Olga.

Rosario tiene 5 años y está sentada al lado de su hermano Dylan, de 3. Mariana Pierro coordina el programa Centros Infantiles en la escuela Piedra Buena, en la villa Ciudad Oculta, y hoy estaba contrariada desde primera hora porque el menú se parecía demasiado a lo que comen los chicos en casa: “Nunca nos envían milanesas”, había protestado. Silvia y Olga son las cocineras, y en este momento enrojecen hasta las orejas con las bandejas de comida en la mano: es sábado a mediodía y unas 30 personitas mofletudas de 3 a 6 años las aplauden por su rica polenta con carne y tomate. A pesar de que hoy tampoco tendrán flan de postre sino manzana, los chicos están contentos.

La mayoría de ellos come a buen ritmo: se nota que disfrutaron de una mañana repleta de actividades. Diez minutos antes de que la escuela abriera, casi todos eran ya pura impaciencia y corrían por la avenida Piedra Buena, a la altura de Eva Perón. Según entraron, le dieron un beso y un abrazo a los profesores, desayunaron leche chocolatada con vainillas y salieron al patio, donde los esperaban una pelota, un arenero, varios toboganes y unos columpios. Hacia las once entraron en la parte cubierta de la escuela y los profesores les dieron sábanas para que se disfrazasen. Jean Franco (6) pidió que lo ayudaran a convertirse en un rey que llevaba túnica, Ana Paula (5) eligió ser una princesa india con sari y Gabriel (5) prefirió usar la sábana como la capa de Batman. El cambio de consigna resultaba claro: descargadas las tensiones en el patio, los 30 chicos y los 5 docentes comenzaban con las actividades más creativas.

Antes de que los ensabanados supermanes, princesas y batmans se hubieran cansado de su disfraz, la profesora Geraldine Cid ya había preparado el siguiente juego. Se trataba de una hilera de mesas por donde los chicos caminaban y después saltaban a una colchoneta; eso sí, antes de volar cada cual elegía si era un pájaro, un avión o qué cosa voladora. Casi en simultáneo otro docente, Leandro Villa, cubrió dos mesas con una sábana, explicó que se trataba de una casa e invitó a quienes lo desearan a habitarla. Y cuando los chicos empezaban a querer cambiar de juego, Geraldine ya estaba sentada en un rincón y entonaba “Si yo digo flaco, flaco, gordo, ustedes dicen...”, a lo que un coro de voces infantiles guiado por Martín Kogan, otro de los profesores, replicaba: “Gordo, gordo, flaco”. Entre tanto, coro va y coro viene, los otros tres docentes acondicionaban dos aulas, una al lado de la otra, para sendos talleres antes de comer.

En el aula de la izquierda, Leandro contaba un cuento del Ratón Feroz donde este en una escena se maquillaba para dar más miedo. En ese punto de la narración, Geraldine y él repartían pinturas y animaban a que cada cual imitase al protagonista y se pintase la cara frente al espejo. Si alguno necesitaba ayuda, ellos les daban una mano.

En el aula de la derecha, la docente Eliana Euclídes no daba abasto sirviendo témpera a quienes preferían pintar sobre una hoja en vez de sobre su cara. Pese a que la propuesta era deslizar con suavidad el pincel y no mezclar los colores, algunos encontraron más divertido juntarlos y pintar incluso con las manos... Y nadie los retó; al contrario, los profesores les daban más pintura, tomaban nota de qué dibujaban o los ayudaban a lavarse. Mientras tanto en un lateral, Mariana evaluaba mentalmente el taller, zurcía el roto en la entrepierna del pantalón de Martín (5) y contestaba a los hambrientos que ya faltaba poco para comer. Y es que pasadas las doce, un rico olor a carne con tomate invadía ya las dos aulas.

Por eso cuando Silvia y Olga abren por fin las puertas del comedor, este se llena rápidamente. Casi a la misma velocidad que los niños ocupan las mesas y sillas afloran algunas historias personales. Por ejemplo, un chico que había estado muy inquieto toda la mañana se tira debajo de una mesa, patalea y no quiere comer. Otro, de 10 años pero que pesa como uno de 4, dice que siente el estómago cerrado y que no tienen hambre. Padece desnutrición, y por eso los adultos que lo rodean lo persuaden para que acepte otra cucharada de polenta, “solo una más, vamos campeón”, y le prometen que después de tragarla su bracito esquelético se llenará de músculos. Y junto a la cocina, en el extremo de una mesa, una princesita de 5 años se esconde bajo una gorra rosa de corderoy y marea la comida con la cuchara, sin levantar los ojos del plato. No habla, no grita, ni siquiera pide ir al baño. Contesta a las preguntas con inaudibles monosílabos y una mirada casi de melancolía adulta; parece que solo espera que termine la hora de la comida, la mañana, el día.

Sin embargo, de repente queda libre el asiento al lado de Martín, su profesor favorito, y ella se corre hasta ahí. “¿Qué hacés, Araceli?”, dice él mientras le toca con cariño la visera de la gorra. Entonces ella sonríe. Sonríe, y sus enormes ojos vuelven a estar llenos de infancia. Sonríe, pero el plato de polenta quedará en la mesa, apenas sin tocar, pese a que ella había aplaudido como todos cuando Rosario tomó la palabra.

¿Y entonces? ¿Es que actúan por que sí estos chicos? Quién sabe; puede que alguno; sin embargo, para la mayoría caben otras hipótesis. La más cabal es que esta banda de personitas que apenas superan el metro de altura tengan su manera particular de agradecerle a padres y docentes este programón de sábado. A ver: esta es una escuela amplia, luminosa, calentita y limpia, donde los únicos que gritan son ellos, y no los adultos. También, y a diferencia de lo que viven a diario en una villa devastada desde 2001 por el paco y el narcotráfico, acá las peleas se resuelven hablando, no cuchillo en mano o a los tiros. Y por último, niños como Julio Denis (3) viven este espacio como un paraíso donde estar a salvo de las palizas de su padre.

Pero hay algo más, tan fundamental como lo anterior. En esta escuela —una de las 6 adheridas al programa Centros Infantiles del Gobierno de la Ciudad—, podés tener un mal día y que Mariana se te acerque, advierta cómo te angustia no poder dibujar eso que tenés en la cabeza, como le ocurrió a Jean Franco, y que entonces ella te prometa que Eliana, que es profesora de plástica, después de comer te ayudará a descifrar en qué consiste eso (una ola de mar, algo bastante más difícil que todas esas casas, soles y personas que habías pintado hasta ahora). Es decir: a las puertas de Ciudad Oculta, rodeados de tanta violencia que algunos vecinos opinan que esto es zona liberada, un grupo de 30 niños dispone de 5 profesores para ellos solos. La polenta es solo un detalle; importante, pero un detalle. Lo insoslayable es que el combo incluye mucho amor para cocinarla y educación de calidad. Por bajito y mofletudo que uno sea, tanta honestidad amerita cuando menos un aplauso a la hora de la comida.


**

En busca de una vida mejor
Fátima Andrea Barri desea una vida mejor que la suya para Rosario (5) y Dylan (3), sus hijos; por eso los lleva a la escuela también los sábados. “A Rosario le gustaría ser maestra jardinera”, explica. Y añade: “Yo también quise ser maestra jardinera; los chicos me encantaban, enseguida me encariñaba con ellos”. Sonríe agridulce, como quien se refiere a un sueño que ya no será posible. “Dylan dice que será cartonero, igual que su padre; le encanta subirse al carro... Pero también dice que va a estudiar en el jardín”. Fátima explica esto último como todo lo anterior: con las dos manos sobre la panza, donde está Bautista Jesús, su tercer hijo, a punto de nacer. Bosteza y comenta que regresa a casa para prepararle la comida a su esposo, que esta mañana se levantó a las 6 para ir a la fábrica y que a la tarde va por los cartones. Ella habla con la misma cara risueña que le dio a su hija, con unos ojos tan vivaces como los que heredó su hijo; eso sí, también habla solo con un año más que ellos dos juntos: 19.


"Está más tranquilo, se divierte"
“Gabriel necesita mucho cariño. Con cariño y con paciencia, todo te va a hacer: hablándole bien, dándole un besito, acariciándolo... Porque él lo pasó muy mal cuando era un bebé”. Cristina Fretes habla con un dulce cantito formoseño y aclara que debe irse enseguida porque entra a trabajar en la Feria de Lugano. Tiene 57 años y, aunque es la abuela de Gabriel Octavio (5), en verdad es su madre: la otra, la biológica, lo abandonó cuando tenía 6 meses y el padre —su hijo— formó otra familia. Gabriel asiste al programa Centros Infantiles desde hace tres años y el balance, según su madre-abuela trabajadora, es este: “Yo lo noto mucho más tranquilo, que se divierte... Después en casa me cuenta todo lo que hizo: las canciones, los juegos de los profesores, todo. Le hace mucho bien”.

Cada sábado, un nuevo comienzo
“Esto empieza cada sábado”, responde Raquel Giménez (66), psicóloga, muralista y coordinadora del programa Centros Infantiles. Contesta refiriéndose a cuándo matricularse en los 6 centros abiertos; sin embargo, estira del hilo y lleva el sentido de la frase más allá. Y lo hace porque consolidar este proyecto como una política pública viable en ámbitos desbordados por los problemas sociales está poniendo a prueba su hipertensión; de ahí que termine sintetizando en esa frase su filosofía de vida y añada: “Como cantaba Serrat, yo siempre creo hoy puede ser el gran día”.

Hoy es 19 de mayo y el gran día sucede en Retiro, donde su equipo abrió un centro en la villa 31. Según le ha contado el coordinador, solo han asistido 15 chicos; sin embargo, Giménez se queda con lo positivo: es el sexto que abren y pelearán para que cuaje. El siguiente paso, dice, está más que claro: “Hay que caminar la villa”.

Eso quiere decir que los docentes irán puerta a puerta a contarle a los padres que este programa ofrece un espacio artístico-expresivo en y para el barrio. Para algunos significará que sus hijos accedan por primera vez a la escuela. Para otros, un lugar donde dejarlos el sábado y salir tranquilos a ganarse unos pesos. Para todos será la oportunidad de disfrutar de una educación personalizada. “Trabajamos con no más de 60 chicos por centro; queremos apostar por la calidad en la docencia, no por la cosa multitudinaria”, cierra Giménez.

6 centros en 6 zonas de riesgo
Estos son los 6 centros abiertos por este programa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para chicos entre 3 y 6 años. Funcionan los sábados de 10 a 14 h:

• Jardín de Infantes n.º 10, Iriarte 3880 (Barracas), 4912 2862.
• Escuela Infantil n.º 5, Paseo EE.UU. y Antártida Argentina (Retiro), 4313 0103.
• Escuela Infantil n. º5, Founrouge y Unanué (Villa Soldati), 4602 6075.
• Jardín de Infantes n.º 4, Chilavert 2680 (Villa Soldati), 4919 9986.
• Jardín de Infantes n.º 4, Varela 1425 (Bajo Flores), 4633 2011.
• Jardín de Infantes n.º 3, Piedra Buena y Eva Perón (Ciudad Oculta), 4687 0574.

Programa educativo
“El desarrollo de los Clubes de Chicos y los Centros Infantiles marca nuestro objetivo de ofrecer una escuela siempre abierta. Aunque comparte el espacio de la educación formal, los docentes y profesionales responsables del programa ofrecen cada sábado actividades educativas, recreativas y artísticas. Los seis centros infantiles están ubicados en zonas desfavorecidas de la Ciudad, con una propuesta y atención para niños no necesariamente escolarizados”, comentó la ministra de Educación de la
Ciudad Ana María Clement.

Vicente Muleiro

Clarín, 20 de mayo de 2007, sección Educación

La nota en Clarín.com: aquí.
Versión en papel: primera página aquí, segunda página acá.

PROPUESTA PARA CHICOS MAYORES DE 10 AÑOS

La literatura infantil cuenta la historia

El escritor Vicente Muleiro publicó “Los cachorros de Don Perro”.

Rubén A. Arribas

La literatura infantil basada en escenarios históricos es una cuerda poco frecuentada. Pese a que ofrece jugosas posibilidades narrativas, pocos escritores argentinos han incursionado hasta ahora en el género. Por ello Vicente Muleiro, quien publicó en 2003 “Don Perro de Mendoza” y en 2007 “Los cachorros de Don Perro”, ambos dirigidos a chicos mayores de 10 años, se ha convertido enseguida en un referente. También en un autor exitoso: de su primer libro circulan ya más de 16 mil ejemplares.

Eso sí, el hueco en el mercado editorial sólo justifica en parte esa buena recepción; a los chicos no se los convence así como así para que lean. El otro ingrediente es el sentido lúdico con que este joven de 56 años afrontó ambos proyectos. Según Muleiro —Premio Rey de España de Periodismo en 1998, novelista, poeta y coautor con María Seoane de una conocida investigación sobre el general Videla—, explorar su costado infantil le ha permitido tomarse licencias que con los adultos le resultan más difíciles. De ahí que, por ejemplo, los narradores de sus cuentos hablen de los “querendones querandíes”, se recreen en la manera de payar de dos gauchos que frecuentan la misma pulpería o acoten que en la batalla de San Lorenzo había “más sangre que en una carnicería donde acabaran de cuartear reses”.

“Cuando uno frecuenta el lenguaje, este se pone a jugar solo, y aparecen las asociaciones y los juegos sonoros. Y no hay por qué asordinarlos ni ponerlos serios: el lenguaje es también un gran juego, un gran carnaval, como sucede en el Quijote. Además, como los chicos están menos aplastados por la cultura, disfrutan más de esos juegos de palabras. Por otro lado, yo creo que la pasión por el lenguaje siempre tiene un ancla en la infancia, incluso en el más serio de los escritores”.

Sin embargo, los juegos con las palabras, las payadas a lo Martín Fierro o los símiles hiperbólicos representan travesuras menores, si se las compara con ciertos atrevimientos en la elección de los puntos de vista para narrar. Así, el perro Beppo es quien adopta al conquistador Pedro de Mendoza, y no al revés. El subteniente Feilberg —el primero en llegar al glaciar Perito Moreno— dice que todo bien con don Francisco Pascacio, el Perito, pero que, en verdad, esa maravilla de hielo debería llamarse glaciar Subteniente Feilberg, y no como la llaman hoy día los turistas. Y los tehuelches del estrecho —los patagones— opinan que el tal Magallanes y su gente son raros... porque no se los entiende, porque no visten piel de guanaco para el frío y porque, sépalo, Jefe, “Son gente, pero gente Patachica”.

“Utilizo esos cambios en los puntos de vista para no seguir la historia del manual, para contar otras miradas distintas a las oficiales”, aclara Muleiro. Y en esa misma clave rebelde y traviesa puede leerse que los temas giren alrededor de la vida cotidiana o que los protagonistas no sean próceres heroicos. En general, acá son chicos, perros o mucamas quienes relatan en qué andaban cuando llegó la primera locomotora a Buenos Aires, cuando en el Circo Criollo daban “Juan Moreira” o cuando Lavalle fue a visitar a Rosas. En ambos libros, la historia de los manuales está a un costado —en forma de bibliografía al final de cada cuento— y la literatura, en primer plano.

Pero esa exitosa mezcla de mucha ficción y una pizca de realidad, de momento, conoce un límite: 1912. De los 18 relatos que reúnen “Don Perro de Mendoza” y “Los cachorros de Don Perro”, sólo uno incursiona en el siglo XX. “Con los episodios de la colonia y hasta la Ley de Sáenz Peña, es como si la distancia en el tiempo me permitiera no involucrarme tanto emocionalmente como para jugar... No sé si sería capaz de escribir en tono lúdico sobre el golpe de 1930, el peronismo y su caída, los terribles años de plomo o los desaparecidos. Quizá más adelante”.

*

RELATOS NO "ESCOLARIZADOS"

La literatura infantil argentina goza de buena salud. “Está más desarrollada de lo que sabemos: no necesita de la presentación mediática; funciona por otros canales”, explica Vicente Muleiro. Según él, hay autores excelentes que abarcan un amplio abanico de temas y que exploran el momento actual. “Graciela Montes, Silvia Schujer, Elsa Bornemann, Laura Devetach o Ricardo Mariño se han animado a transgredir la ‘doxa’ bienpensante y escriben sobre la desarticulación de la familia, la sexualidad o padres que les presentan nuevas parejas a sus hijos. Es decir: no han ‘escolarizado’ la literatura infantil, en el peor sentido de esa palabra: hacer que el papá lea el periódico, la mamá cocine y el chico, que juega con el perro, haga una travesura ingenua. Estos autores escriben sobre problemas del presente”.